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lunes, 29 de junio de 2020

EL PODER DEL SEXO EN LA POLÍTICA.

Historias del harén podemita

Ningún partido se compara al de Iglesias a la hora de emplear la cama como ascensor meteórico.

Mucho «Unidas Podemos», mucho chiringuito regado con dinero público y mucha reivindicación feminista, pero ninguna formación política se compara a la de Iglesias a la hora de emplear la cama como ascensor meteórico. Una cosa es la cuota en las listas electorales, que yo considero insultante, y otra muy distinta aceptar que una relación íntima con el «macho alfa» garantice el salto automático en el escalafón del partido. Para este viaje, la verdad, no necesitábamos alforjas. Escalar por esta vía es más viejo que la tos. Ya en los harenes de Al-Ándalus la favorita del emir o califa gozaba de plenos poderes sobre los habitantes del serrallo y empleaba sus saberes ocultos para ejercer influencia en las decisiones de Estado.
 Desde entonces hasta nuestros días esa forma de medrar ha sido empleada a discreción por mujeres de todo tipo y condición, que solían ser juzgadas con severidad incluso cuando ese camino era el único a su alcance. Ahora que la ley nos garantiza plena igualdad, en cambio, las podemitas derrochan buena conciencia. Ellas se llenan la boca de críticas al «machismo que mata más que el virus» y despliegan sus pancartas cada ocho marzo, mientras compiten entre sí por el favor del líder máximo. Saben que él será generoso con la escogida de turno, aunque, una vez sustituida, la lejanía de su lecho suponga ser relegada a las sombras. Que se lo digan a Tania Sánchez, degradada hasta la irrelevancia desde que Irene Montero conquistó el corazón de Pablo y, con él, un ministerio...
La última «historia de faldas» (expresión incorrectísima con arreglo a los dogmas vigentes, pero de aplicación exacta al asunto al que me refiero) daría para un guión de película mala de los setenta si no fuese porque su protagonista masculino resulta ser el vicepresidente del Gobierno de España: profesor universitario cultiva la «amistad» de una alumna jovencita, se la lleva de asistente muy bien pagada a Estrasburgo y comparte con ella secretos inconfesables («azotaría a Mariló Montero hasta que sangrara») guardados en una tarjeta telefónica misteriosamente «robada», no sabemos por quién, y filtrada a cuentagotas por el infame Villarejo. Convertido en astro fulgurante de la política patria, el profesor, Iglesias, se presenta ante la opinión pública como «víctima de las cloacas policiales» y basa su campaña en ese lamento falaz. Pero hete aquí que un juez honrado, de apellido García Castellón, investiga el asunto y descubre que de víctima nada, puesto que el sujeto en cuestión es parte activa en el asunto denunciado y ha ocultado información crucial para la investigación. A esas alturas nuestro prócer parece haber sentado cabeza, pero en su entorno no faltan féminas dispuestas a conseguir sus propósitos recurriendo al antiguo método que eufemísticamente asociamos a la manzana de Eva. Y así nos enteramos de que la abogada que les asiste a él y a su ex asesora, Marta Flor, mantiene una comunicación «estrecha» con el fiscal anticorrupción Ignacio Stampa, quien le chiva lo que no debiera en relación al caso aprovechando los ratos de solaz que comparten.
Veremos en qué quedan las pesquisas de la Audiencia y la Fiscalía referidas al monumental escándalo que enturbia las aguas podemitas. De momento, lo que se va descubriendo confirma la inmensa distancia que separa el feminismo de boquilla del que hacen bandera sus huestes de la lucha verdadera consistente en eliminar barreras y crear oportunidades para que en todos los ámbitos de la vida la mujer haga valer su talento, su capacidad y su esfuerzo sin que ciertas artes no muy dignas prevalezcan sobre sus méritos.
 

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