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miércoles, 12 de agosto de 2026

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EL NUEVO COMUNISMO DEL GOBIERNO. por José Ángel Miyares Valle.

 


EL NUEVO COMUNISMO DEL GOBIERNO.

La ley de vivienda del gobierno no solo quiere frenar los alquileres sino que va mucho más allá, pretende priorizar sobre la venta de pisos de particulares para poder quedarse son ellos como usuario para el bien social y los arreglos y gastos los paga el dueño y esto no es un rumor, es la ley que quieren aprobar pero de momento lo van a tener crudo, ya bastante nos roban con los bancos y nuestros ahorros con impuestos de sucesiones que se quedan con los bienes en muchas ocasiones porque son mayores los impuestos que el valor de los pisos o casas, ese es el gobierno actual que padecemos ,el de la corrupción, e invasión de ilegales y además el que dona a Marruecos el Sahara y ahora Ceuta y melilla sin  saber a cambio de qué ¿algo oculta que el moro sabe de Pedro y  le chantajea?

José Ángel Miyares Valle.

artistamiyares: NOTICIAS DE HOY EN YOUTUBE.

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NO SOLO PONEMOS NUESTRA VIDA EN MANOS DE LOS MÉDICOS.

 Así es. ¿Quién repara el ascensor por el que ese médico, y todos nosotros, subimos y bajamos cada día? ¿Quién pilota un avión y pone en sus manos la vida de cientos de pasajeros? ¿Quién revisa y arregla los frenos de nuestro coche? ¿Quién construye el piso, el edificio o la casa donde vivimos? ¿Quién instala el gas y garantiza que una instalación no se convierta en un peligro? ¿Quién limpia, desinfecta y prepara un quirófano antes de que entre un paciente? ¿Quién cocina rico, bien y, sobre todo, con las garantías necesarias para que podamos comer con seguridad?

¿Quién está ahí cuando ocurre un terremoto, una catástrofe, un incendio o una inundación? Bomberos, sanitarios, ambulancias, policías, técnicos de emergencias, protección civil y tantos otros profesionales que, muchas veces, solo recordamos cuando los necesitamos.

¿Quién construye y mantiene un viaducto, un puente, un túnel, un rascacielos, una carretera, una vía ferroviaria, un tren o un avión? ¿Quién revisa las instalaciones eléctricas? ¿Quién controla el agua que bebemos? ¿Quién mantiene las comunicaciones, las redes, los sistemas informáticos y todas esas infraestructuras de las que depende nuestra vida cotidiana?

Todo es una cadena de profesionales necesarios para vivir en sociedad.

Y aquí está la cuestión que a veces olvidamos: no solo ponemos nuestras vidas en manos de los médicos. Las ponemos, cada día, en manos de muchísimos profesionales.

Confiamos en sus conocimientos, en su preparación, en su responsabilidad, en sus protocolos y en su profesionalidad. Lo hacemos porque ninguna sociedad moderna puede funcionar de otra manera. Nadie puede saber hacerlo todo. Nadie puede dominar todas las profesiones. Por eso construimos una sociedad basada en la especialización, en la confianza y en la responsabilidad compartida.

Cuando subimos a un avión, no conocemos personalmente al piloto ni a los ingenieros que han diseñado y revisado cada uno de sus sistemas. Cuando entramos en un ascensor, confiamos en quien lo instaló y en quien realiza su mantenimiento. Cuando cruzamos un puente, confiamos en quienes lo calcularon, lo construyeron y lo inspeccionan. Cuando entramos en un quirófano, confiamos no solo en el médico, sino también en enfermeros, anestesistas, técnicos, personal de limpieza y desinfección y en todos los profesionales que hacen posible que ese espacio sea seguro.

Y nadie debería considerar que unas profesiones merecen confianza y otras no simplemente por prejuicios, desconocimiento o conveniencia.

La vida en sociedad consiste precisamente en eso: en aceptar que dependemos unos de otros.

Dependemos del médico, pero también del enfermero. Del piloto, pero también del mecánico y del ingeniero. Del arquitecto, pero también del albañil. Del policía, pero también del técnico que mantiene sus comunicaciones. Del bombero, pero también de quien diseña y mantiene los vehículos y equipos con los que entra en un incendio. Del cocinero, pero también de quien garantiza la seguridad alimentaria. Del conductor, del maquinista, del electricista, del fontanero, del técnico de mantenimiento, del agricultor, del transportista, del operario, del científico, del ingeniero y de tantos trabajadores anónimos cuya labor sostiene nuestra vida cotidiana.

La sociedad funciona porque existe una enorme red de personas que saben hacer cosas que nosotros no sabemos hacer.

Por eso resulta tan importante recuperar algo que parece elemental, pero que estamos perdiendo: el respeto por el conocimiento, por la formación, por la experiencia y por la responsabilidad profesional.

No se trata de elevar a nadie por encima de los demás. Al contrario. Se trata de entender que cada profesión tiene su responsabilidad y que todas contribuyen, de una manera u otra, a que los demás podamos vivir con seguridad.

La cuestión no es si debemos confiar ciegamente en los profesionales. La cuestión es que debemos exigirles preparación, rigor, controles, transparencia y responsabilidad. Y, al mismo tiempo, debemos entender que una sociedad no puede funcionar si permanentemente desprecia, cuestiona o desautoriza a quienes han dedicado años a prepararse para desempeñar una determinada función.

Porque cuando esa confianza desaparece, no perdemos solamente el respeto por una profesión. Se resquebraja la cadena entera.

Y esa cadena nos afecta a todos.

Quizá deberíamos detenernos un momento y mirar a nuestro alrededor. Cada vez que abrimos un grifo, encendemos una luz, subimos a un ascensor, cruzamos un puente, conducimos un coche, viajamos en tren o avión, entramos en un hospital, comemos en un restaurante o caminamos tranquilamente por una ciudad, estamos poniendo una pequeña parte de nuestra seguridad en manos de otras personas.

Eso no debería asustarnos.

Debería hacernos comprender algo mucho más importante: vivir en sociedad significa confiar, pero también exigir responsabilidad. Significa depender de otros y asumir que otros dependen de nosotros.

Nadie se salva solo.

Detrás de cada servicio que damos por hecho hay personas. Detrás de cada infraestructura hay profesionales. Detrás de cada emergencia hay alguien dispuesto a acudir. Detrás de cada avance hay conocimiento, esfuerzo y años de preparación.

Y detrás de nuestra aparente normalidad existe una inmensa cadena humana que trabaja cada día para que podamos vivir.

Quizá el verdadero progreso de una sociedad no consista únicamente en tener más tecnología, más edificios o más recursos. Quizá también consista en reconocer, valorar y respetar a quienes hacen posible que todo eso funcione.

Porque, al final, todos dependemos de todos. Y cuando comprendemos eso, entendemos también que cuidar de la sociedad es cuidar de nosotros mismos.