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domingo, 4 de octubre de 2026

UNA AMBULANCIA NO PUEDE SER SOLO UN VEHICULO

 El pasado 24 de septiembre mi abuela, Argentina López Rodríguez, de 88 años, sufrió una caída en su domicilio en Cangas del Narcea. Se solicitó una ambulancia y acudió un único técnico/conductor. La familia tuvo que ayudarle a movilizarla para poder trasladarla al Hospital Carmen y Severo Ochoa.

Allí presentaba dolor intenso, grandes dificultades para moverse y una dificultad respiratoria que no tenía previamente. No se observaron fracturas, aunque sí una infección urinaria. Aproximadamente a las ocho de la tarde recibió el alta con analgesia y antibiótico.

Como familia todavía nos cuesta comprender aquella decisión. Hemos presentado una reclamación para que quede constancia y pueda revisarse la atención prestada.

Después surgió otro problema: el transporte sanitario. Mi abuela tuvo que esperar unas dos horas y media para regresar a casa porque, según se nos explicó, la ambulancia disponible se había desplazado a Oviedo.

Llegó a su domicilio sobre las diez y media. No pudo acostarse por el dolor y durante la madrugada respiraba cada vez peor. A las 7:04 volvimos a pedir ayuda, explicando claramente su importante empeoramiento.

Y nuevamente llegó una ambulancia con un único técnico/conductor, sin médico ni personal de enfermería.

Sería profundamente injusto que esta carta se interpretase como una crítica hacia ese profesional. Todo lo contrario. Al comprobar la gravedad de mi abuela hizo cuanto estuvo en su mano para ayudarla y solicitar asistencia medicalizada. Nuestra familia solo tiene palabras de agradecimiento por su humanidad, implicación y profesionalidad, así como por el trato de los demás técnicos que intervinieron.

Pero precisamente ahí está el problema: la profesionalidad y la humanidad de un trabajador no pueden compensar unos medios insuficientes.

La asistencia medicalizada solicitada no llegó a tiempo. Mi abuela llegó al hospital ya fallecida.

Hemos presentado las correspondientes reclamaciones para que quede constancia de lo ocurrido y pueda revisarse la respuesta que recibió. Pero, más allá de nuestro caso particular, creemos que lo sucedido plantea preguntas que deberían preocuparnos a todos.

El Hospital Carmen y Severo Ochoa presta asistencia hospitalaria a una extensa zona del suroccidente asturiano. Aquí vivimos niños, jóvenes, adultos y mayores. Cualquiera puede necesitar mañana atención urgente.

¿Cómo puede enviarse como primera respuesta un único técnico/conductor cuando se comunica un empeoramiento grave y una creciente dificultad respiratoria? ¿Qué ocurre con la disponibilidad del transporte sanitario cuando una ambulancia debe desplazarse hasta Oviedo?

No pedimos privilegios por vivir aquí. Pedimos algo mucho más básico: que ante una urgencia existan los medios humanos y sanitarios necesarios para atenderla.

Mi abuela tenía 88 años. Su edad no hacía menos importante su dolor, su dificultad para respirar ni su vida. Contamos lo ocurrido para que quede constancia, para que sirva para reflexionar sobre los medios disponibles y, sobre todo, para que ninguna otra familia tenga que encontrarse en una situación semejante.

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