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martes, 27 de enero de 2026

ZOMBIS CALLEJEROS.

 Si valoras tu soberanía sobre los accesorios consumistas, entonces desconectarte de la red, en la medida de lo posible, es la única opción. Regresar a la naturaleza y salir de estas ciudades antinaturales es volver a la fuente.

Lo ideal sería vender mi casa en la ciudad, comprar unas hectáreas en el bosque, instalar paneles solares, perforar un pozo, criar gallinas inmunizadas contra la gripe aviar y cultivar suficientes patatas para sobrevivir a la próxima Edad del Hielo.

Aunque alejado, por ahora, de esa fantasía, quizás pueda arreglarme con cierta dependencia del sistema: comprando comida en una tienda de barrio, pagando la factura de la luz a la despiadada compañía eléctrica contratada y llamando a una ambulancia si me atropella un Tesla en un barrio marginal de la capital.

El Gobierno ya ha publicado la ley de "Atención a la clientela", por la que garantiza atención humana en el 90% de las veces que usted necesite ese servicio (aplausos).

Convencido de que jamás estaremos entre ese 90%, les cuento la odisea antimayores que he vivido hace un par de días.

Intenté hacer una gestión sencilla a través de la banca online. Lo que debería haber durado cinco minutos se convirtió en casi una hora de descenso a la perdición:

"¿Tienes pasaporte?, ¿el carnet de conducir? Hazte un selfi. Hazte otro selfi girando la cabeza 30 grados para que el algoritmo pueda ver tu oreja izquierda. Escribe en un papel la fecha y una firma garabateada. Espera... Espera un poco más... "

Para acabar con un "lo sentimos, no podemos verificar su identidad en este momento". 45 minutos para saber qué estaba pasando:

El formulario en línea rechazó mi dirección todas las veces. ¿Poner "OV" para Oviedo? Rechazado. ¿Poner una coma después de la ciudad? Rechazado. ¿Espacio en el código postal? Rechazado. ¿Sin espacio? Rechazado.

¿Qué pasó? Pues nada, primero me decía que tenía que cambiar mi contraseña. Intenté cambiarla, pero no tenía ni idea de cómo, así que llamé al número de abajo y me pusieron en espera.

Luego recibí un mensaje en el móvil que me pedía que verificara mi identidad marcando el 5. Lo marqué y apareció un anuncio de un medicamento que cura el herpes, aunque a veces mata o provoca infartos y derrames cerebrales.

Es como si tuvieran la consigna de demostrarme que si no fuera por la banca online, mi vida se volvería bastante difícil, ahora que más personas pagan con sus teléfonos y tarjetas que con efectivo, y a éste, en breve, esperan reemplazarlo.

Cerré la sesión, apagué todas las luces y me comí un yogurt de chocolate. Volví a encender el ordenador y, ¡listo!, pude entrar con mi contraseña de siempre..., pero se me olvidó para qué había llamado, así que... no importa.

¡Mierda! Ahora mi calefacción no funciona.

Hace años, si el nombre en la solicitud ponía "José M. Blanco", y el DNI ponía "José Manuel Blanco", nadie se inmutaba: "Correcto. Firme aquí". Pero ahora los robots tienen la última palabra.

No necesitan ninguna medida restrictiva o policial, simplemente pueden hacer que tu vida cotidiana sea tan frustrante, tan agotadora y tan humillante que dejes de participar y te retires voluntariamente a tu nuevo hogar, rodeado de árboles.

La casita en el bosque es romántica, sí, pero la verdadera rebelión para 2026 es mucho más mundana y radical: es la negativa a bailar para la máquina.

Prefiero hacer cola en el banco y hablar con alguien que me mire a los ojos. Prefiero pagar un poco más en la tienda de barrio que todavía acepta efectivo. Prefiero conducir veinte minutos más hasta una farmacia donde el farmacéutico sepa mi nombre y no me pida escanear un código QR para comprobar que puedo comprar jarabe para la tos.

Creo que aún me queda un yogurt de chocolate.

Saludos cordiales.

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