La movilización de la indecencia
La izquierda sigue jugando al fallo de la derecha, incluso le endosan una muerte que solo tiene el contexto político de la indecencia de un Gobierno con más de ocho de mandatos.
La única baza electoral en la que confía Pedro Sánchez es la exasperación de toda la izquierda, cuyo único objetivo es evitar, como sea, un gobierno de derecha a partir del 29-N. El PSOE y el Gobierno carecen de recursos políticos para convencer y han decidido empujar a la izquierda a que practique la intimidación y el acoso. La portavoz de Más Madrid en la Asamblea madrileña, Manuela Bergerot, ha descrito con voz maestra la táctica de guerrilla con la que sueña la izquierda: «En las calles de Madrid no va a haber paz». Cuando la izquierda dice estas cosas, y elige Madrid como terreno de su violencia, la historia obliga a prestarle mucha atención.
No solo es un exabrupto como el de Bergerot, de tintes milicianos, lo que mejor retrata a la izquierda en esta larga campaña electoral, sino la indecencia en la que Pedro Sánchez quiere que se instalen todos los agentes sociales, políticos y mediáticos que lo apoyan. Una indecencia que los obligue a no pensar en la desmesura que están cometiendo con el fallecimiento de Maricarmen, tachado de asesinato imputable a los propietarios, a la derecha y, por supuesto, a Díaz Ayuso. Hay que renunciar de forma muy voluntaria a un mínimo resto de inteligencia para no reparar en que el drama de Maricarmen está siendo un acto de necrofilia política, sin más valor que el electoral, carente de verdaderos sentimientos de humanidad y cuyo origen es –que ningún socialista lo sepa– unas leyes socialistas de 1985 y 1994. Una indecencia que les haga tragar a todos con la trampa chavista de disolver un Parlamento para burlar su voluntad soberana y esconderse en la Diputación Permanente del Congreso de los Diputados como si fuera una madriguera. Una indecencia suficientemente inhabilitante como para mirar a otro lado y no ver a un PSOE financiador de tramas que querían ver eliminada a una juez a manos de un grupo de narcos, más pudorosos, por lo visto, que sus contratantes socialistas. Una indecencia que les impida tener el más mínimo reparo para sacar rédito de los trabajos de campo del CIS –sobre vivienda, casualmente– o de aplaudir los resentimientos de Conde-Pumpido contra la Sala Segunda del Supremo, que afortunadamente no pudo presidir.
El miedo de la izquierda es el origen de la indecencia de estos comportamientos públicos, abusivos, intimidatorios y antidemocráticos, con los que Pedro Sánchez, su autor intelectual, quiere mantenerse al frente del PSOE después del 29-N. Y para eso no está dudando en presentarse, porque lo es, como un extremista de izquierda, con la voluntad de dejar a Sumar y a Podemos en la indigencia política, aunque ambas formaciones sigan obedientemente el sonido de la flauta frentista que suena en Ferraz y en Moncloa. Van contentas hacia su irrelevancia.
Ante este escenario la derecha tiene motivos para saber que la eficacia de la estrategia frentista y sin cuartel de Sánchez depende solo de su reacción, que no puede ser ni el encogimiento temeroso ni la reacción desproporcionada. La izquierda sigue jugando al fallo de la derecha, incluso le endosan –otra vez– una muerte que solo tiene el contexto político de la indecencia de un Gobierno con más de ocho años de mandatos y que quiere sobrevivir en los minutos de descuento llevando a la izquierda a prescindir de cualquier sentido cívico en su acción política.
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