No deberíamos olvidar tantas cosas
Desde los muertos a los héroes.
Hace tres, dos o un mes no dábamos un duro por salir de ésta, así, durante el mes de junio. En febrero o a primeros de marzo no podíamos imaginar la magnitud de la pandemia. Ahora, me parece increíble que se nos haya olvidado todo. Como si el bicho se hubiera desintegrado. Como si no hubiera muerto nadie. Como si Cáritas no tuviera un trabajo infinito. No se nos deberían olvidar tantas cosas y, sin embargo, se nos olvidan. Ni los del botellón, ni los que rebosan la playa se acuerdan de la morgue del Palacio de Hielo. Puede que ni siquiera sepan que existió... como para recordar a los soldados que honraron, acompañaron y lloraron ante miles de féretros
con letreros desconocidos.
No. No tenemos derecho a olvidarnos de nuestros héroes. Del miedo que pasaron los sanitarios en las UCI, del trabajo a destajo de las funerarias, de los policías y guardias civiles sin mascarillas siquiera. Ni del cura, la misionera, la cajera, el reponedor, el repartidor, el barrendero o el transportista. Ni del piloto o las auxiliares de las residencias de ancianos. Como tampoco, ¡ojo!, deberíamos olvidarnos de las mentiras. Ni de la demagogia. Ni del cinismo infinito de unos políticos tan cobardes que no se atrevieron a visitar el hospital de Ifema o las morgues improvisadas. Que se saltaron sus cuarentenas y aislamientos por el morro. Por soberbia y chulería. No olvidemos la total falta de empatía, el postureo y los mítines regalados y a destiempo.
Volveremos a la playa, al restaurante y algunos al botellón. Pero a ver cómo compaginamos nuestra desmemoria con la realidad de las colas del hambre y las estanterías del Banco de Alimentos.
PD: No me cabe en la cabeza mayor ignominia ni vergüenza más grande, que olvidar a alrededor de 25.000 muertos. Y, sin embargo, se han ido como si nunca hubieran existido. Casi el doble de los 27.000 con los que nos mienten a diario. Entre cambalaches, cambios de método, excusas infantiles y políticas chavistas hemos deshonrado a nuestros muertos. Unos muertos que, para mayor bochorno, eran nuestros mayores en su inmensa mayoría. Esto tampoco deberíamos olvidarlo.
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