Fogonazos históricos
Se juzga a un ciudadano, no a la monarquía. De juzgarse ésta, habría que contar
Noviembre de 1975. Franco agoniza en la Paz y el consejero delegado de una importante firma pregunta a los corresponsales españoles en Nueva York cuánto tiempo creen que Don Juan Carlos durará en el poder. El más pesimista le da tres meses, el más optimista, tres años. (¡Menudo olfato!).
Junio de 1976. Ante una sesión conjunta de ambas Cámaras norteamericanas, Don Juan Carlos anuncia que «será el Rey de todos los españoles», Areilza, ministro de Asuntos Exteriores, dice al salir «el Rey es el motor del cambio».
23 de febrero de 1981. Don Juan Carlos detiene un golpe de Estado.
Noviembre de 1989. Funerales por Hiro-Hito. A Tokio acuden jefes de Estado y Gobierno de todos los colores y países.
Japón es la segunda potencia económica mundial. Por España llegan Don Juan Carlos y Doña Sofía. Por la noche, en el hotel que alberga a la mayoría de los ilustres huéspedes, la pregunta es ¿con quién cenarán los Reagan? La sorpresa es enorme cuando lo hacen con los Reyes españoles. De lejos, les vemos en animada conversación. En el bar encuentro a un funcionario de prensa de la Casa Blanca y le pregunto la causa. Tras pensarlo unos segundo me dice: «You know how he is (referido a su presidente). He likes your guy».
Abril de 2012. Don Juan Carlos es operado en Madrid. Se ha roto la cadera en una cacería en Botswana, en compañía de Carina zu Syn Wittgenstein, con quien se le ve con frecuencia. Al ser dado de alta se encara a la prensa y dice: «Lo siento, me he equivocado y no volverá a ocurrir». Pero el escándalo continúa, sobre todo tras implicarle Carina en el cobro de comisiones, captadas subrepticiamente por el tristemente famoso excomisario Villarejo, con lo que el asunto se enreda aún más, hasta que el 2 de junio de 2014, Don Juan Carlos presenta su dimisión.
Ante este fin tan abrupto de un reinado apasionante, uno siente la tentación de echar mano del ensayo de Ortega sobre Mirabeau, en el que sostiene que a los «grandes hombres», los que cambian la historia y sus países, no puede exigírseles «virtudes pequeñas», las de los «hombres pequeños», que pasan sin dejar huella. Pero sería engañoso y erróneo. Don Juan Carlos nunca quiso ser Mirabeau ni César. Tras una infancia azarosa, tuvo una adolescencia difícil, entre su padre y Franco. Aprendió en silencio de uno y otro no sólo sus virtudes, sino también sus flaquezas. De su padre. que no podría gobernar contra los ganadores de la guerra; de Franco, que no podría gobernar como él. El resultado fueron los 40 años más provechosos de la historia española. Sería una verdadera lástima que su lugar en la historia quedara manchado por sus pecados de hombre vulgar y corriente. Pero los tiempos han cambiado y lo que se toleraba en tiempos de su abuelo, no se tolera hoy, porque en la España que ha traído, nadie está por encima de la ley. Con una advertencia: se juzga a un ciudadano, no a la monarquía. De juzgarse ésta, habría que contar todo.
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