Esta carta quiere ser mi humilde ovación para doña Carmen González Carreño, enfermera responsable de la Unidad de Tabaquismo de Atención Primaria de Avilés, ubicada en el centro de salud del Quirinal. Ella es una de las personas más afables y entregadas a su labor de todo el área sanitaria III del Sespa, y desde hace muchos años ayuda a los adictos al tabaco a abandonar su consumo, tan nocivo para la salud.
Vaya por delante que yo también sufro otra adicción: a los bombones centroeuropeos. Pero no existen estudios científicos que relacionen esas preciosas figuritas de chocolate oscuro con la aparición de ningún tumor maligno propio ni ajeno.
En cambio actualmente incluso se ha demostrado la incidencia de enfermedades generalmente respiratorias en fumadores pasivos que conviven con adictos al tabaco.
A pesar de todas las campañas de los últimos años que informan reiteradamente de las graves consecuencias del tabaquismo, se sigue banalizando el uso social del peligroso tóxico bien por esnobismo o bien por ignorancia supina.
Es digno de estudio que personas con hábitos de aparente "vida sana" nieguen la evidencia, y más cuando hablamos de ciudadanos cualificados en disciplinas avanzadas.
Sentadas a la orilla del mar Cantábrico escucho involuntariamente a dos madres jóvenes comentar supuestas teorías de la puericultura actual, ensalzando la alimentación "saludable" para una buena dentición y un mejor crecimiento de sus preciosos lactantes y parvulitos varios: para ellas no existen los hidratos de carbono "malos" ni el gluten en la lista de la compra, porque según dice la más bronceada "producen diabetes y enfermedad celíaca".
Obviamente me hago una idea avanzada de su formación: no son científicas ni profesoras ni profesionales sanitarias. Pero son bien educadas y me agradan por haber escogido Asturias para veranear, parecen recién llegadas de Castilla La Nueva.
Charlan sobre sus respectivas familias numerosas mientras sus niños disfrutan de las olas, sentando cátedra sobre salud pero sosteniendo entre los dedos índice y medio de la mano derecha ese pequeño cilindro humeante y letal que llamamos "pitillo" coloquialmente.
Ya que no se levanta la más mínima brisa recibo parte del humo de su tabaco rubio caro y emboquillado. La playa es de todos, así que me aguanto.
Me viene a la cabeza aquel póster de las primeras campañas antitabaco en los años 80, con la cara de un hombre joven fumando en blanco y negro que rezaba traducido del inglés: "Besar a un fumador es igual que lamer un cenicero".
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