El precio de llamar dictador a un dictador
Los derechos audiovisuales, los patrocinadores y la expansión internacional forman parte del mercado del fútbol, pero ni el fútbol, ni LaLiga ni el dinero pueden cambiar la verdad de la historia.
Existe una desproporción obvia entre la declaración informal de Kylian Mbappé, en la que calificó a Mao Zedong de dictador, y las consecuencias comerciales que ha desencadenado, con efectos notables en las relaciones de LaLiga con sus socios. El episodio ha motivado las disculpas del jugador madridista y del presidente de la patronal, Javier Tebas. China ha convertido a Mao en un símbolo de la identidad nacional, hasta el punto de que resulta controvertido recordar que, incluso teniendo en cuenta el debate historiográfico sobre las cifras, el dictador chino fue responsable de políticas que causaron decenas de millones de muertos, primero por la hambruna provocada por el Gran Salto Adelante y, más tarde, por la represión de la Revolución Cultural. Que la China de Mao no fue una democracia resulta tan evidente que las declaraciones de una estrella del fútbol, por incómodas que puedan resultar, difícilmente pueden calificarse de imprudentes por el mero hecho de describir lo evidente.
La verdad nunca es un error. Por supuesto, no debemos confundir la calificación del régimen comunista chino con el pueblo chino. La censura impuesta por una dictadura nunca debería menoscabar la dignidad de quienes la padecieron. El pueblo chino merece todo nuestro respeto, y son evidentes las tensiones y las consecuencias económicas que este asunto puede provocar entre los socios comerciales de LaLiga. Sin embargo, el problema de fondo no está en las palabras de un jugador, sino en las relaciones comerciales de una entidad española con un régimen que no respeta los estándares democráticos y que sigue rindiendo honores a un tirano.
Lo que está en juego en este episodio es mucho más importante que una polémica futbolística. Llamar dictador a un dictador no constituye una ofensa a la verdad, aunque pueda resultar ofensivo para quienes han convertido su figura en un símbolo nacional. Mbappé puede lamentar el contexto de sus palabras o el daño causado a quienes se hayan sentido ofendidos. Pero una cosa es disculparse por las formas y otra, muy distinta, retractarse de una descripción histórica por la presión de un gobierno extranjero.
La memoria es necesaria y debe estar por encima de los intereses económicos. No puede depender sólo de criterios de conveniencia comercial o política. Cabe preguntarse si estas relaciones forman parte de una estrategia más amplia de presión para imponer una determinada interpretación del pasado. En España conocemos la importancia de defender la verdad histórica frente a quienes pretenden utilizarla en beneficio propio. En estos años, el Gobierno de Pedro Sánchez ha mercadeado con los victimarios de la historia, como ha sucedido con la izquierda abertzale, para comprar tiempo en el poder. Sabemos lo importante que resulta no vender la historia a cambio de beneficios políticos.
Cuando el acceso a un mercado depende de la aceptación de un relato político, el negocio deja de ser solamente negocio y puede convertirse en una forma de complicidad con la censura. El causante del conflicto al que asistimos no es Kylian Mbappé. La razón última está en los tratos con una dictadura que utiliza su poder económico para proteger su relato y proyectar una imagen favorable de sí misma. LaLiga no puede guiarse exclusivamente por sus intereses comerciales para establecer su criterio moral. Los derechos audiovisuales, los patrocinadores y la expansión internacional forman parte del mercado del fútbol, pero ni el fútbol, ni LaLiga ni el dinero pueden cambiar la verdad de la historia.
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