Se levantó de su asiento y con pasos firmes se dirigió hacia el atril. El silencio envolvía el teatro y, en ese instante, alzó su mirada hacia el público; hacia nosotros, hacia aquellos que teníamos el privilegio de estar presentes en el teatro Campoamor esa tarde de otoño, el pasado 23 de octubre, siendo testigos de la ceremonia de entrega de los premios "Princesa de Asturias", en Oviedo, mi ciudad.
Una ciudad que cada año se convierte en el epicentro de la cultura, donde se galardona a personas que representan el potencial humano en toda su expresión, reflejando que el ser humano puede llegar a alcanzar su mejor versión si se lo propone con esfuerzo y determinación. Personas cuyos trabajos redundan en un valor incalculable para la sociedad, ya sea en el ámbito humanístico, científico, social, artístico o deportivo.
La ganadora este año del premio "Princesa de Asturias" de la Concordia ha sido la astronauta Christina Koch. Fue ella quien ocupó el atril, saludó a los allí presentes y comenzó su esperada intervención. Un discurso cargado de emotividad, con una entonación nítida, casi cristalina, una voz pausada que transmitía cada palabra con un gran dosis de cariño, envuelto todo ello en una mirada mágica.
Una mirada propia de alguien que ha contemplado la Tierra a una distancia de 400.000 kilómetros. Daba la impresión de que su mirada seguía rodeada de estrellas flotando en la magnitud del Cosmos, pero manteniendo los pies firmemente enraizados en la Tierra. Sin duda una mirada inolvidable que ponía el broche al discurso de una mente que ha vivido el
"Overview Effect" (el efecto perspectiva), un fenómeno psicológico y cognitivo profundo que experimentan los astronautas al contemplar la Tierra desde el espacio exterior. Sin duda ella lo reflejaba de una forma cálida con sus palabras.
En un momento del discurso, alzó su mano izquierda al frente, con el pulgar hacia arriba -el signo universal de que todo está bien-, para a continuación añadir que, con la yema de ese solo dedo, pudo llegar a tapar por completo nuestro planeta durante su misión hacia la Luna. Un pequeño gesto con un gran significado sobre lo diminuto que resulta nuestro mundo desde aquella perspectiva.
Podía tapar con su pulgar ese "bote salvavidas azul eléctrico" suspendido en el cosmos.
Mi percepción es que aquel gesto la situó fuera de lo diminuto. Experimentó una nueva conciencia, su mente voló hasta convertirse en una estrella más, con otra perspectiva, nos visualizó desde la distancia, adquiriendo una nueva visión de nuestra vida y de nuestro hogar, la Tierra. Nos trasladó un gran mensaje: todos somos tripulantes de la misma nave.
Y es verdad. No somos meros espectadores del cosmos, formamos parte de él. Desconocemos si hay vida en otros planetas o la magnitud del vasto universo que nos envuelve.
Sin duda este planeta es un milagro en sí mismo, como lo es la posición exacta del Sol con respecto a nosotros. Estar tan solo un poco más cerca o más lejos del Sol supondría un planeta frío e inerte o un planeta candente e inerte. Estamos situados en la posición exacta.
En definitiva, después de tener el privilegio de escuchar a viva voz la palabras de Christina Koch y el resto de discursos de la ceremonia, reluce con mayor fuerza el hecho de que, a pesar de las fronteras, las razas y las distintas culturas, en la inmensidad del universo todo ello se desdibuja. Formamos una única unidad, somos una misma tripulación, viajando en la misma nave.
Sin embargo, en los tiempos que vivimos, con todas las circunstancias y las tecnologías que nos rodean, esa unidad a veces se fragmenta en un individualismo y soledad cronificada que nos aísla, en vez de mantenernos entrelazados de una forma sana. Esto desencadena con mayor incidencia un repunte patologías psiquiátricas que, como médicos, detectamos con frecuencia en nuestras consultas diarias.
Es la paradoja de una sociedad cada vez más conectada de forma artificial pero más fragmentada en la forma real.
Una sociedad que pide a gritos, la pausa, el sosiego, el tiempo, la conversación, el trabajo bien hecho, el tacto, la mirada, pero sobre todo el cariño y la atención.
La conferencia de Christina Koch puso de manifiesto la importancia de la unión en este mundo dividido. En sus propias palabras, "todos los seres humanos compartimos la misma esencia: la necesidad de sentir amor". Pidió que no esperemos a la próxima misión a la Luna para darnos cuenta de que nuestros semejantes son nuestros compañeros de tripulación, concluyendo con otra de sus afirmaciones: la plenitud no reside en recibir, sino en dar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario