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viernes, 23 de octubre de 2026

JÓVENES CONTRA MAYORES,EL TRIUNFO DE LOS QUE NOS DIVIDEN.

 La verdad, no sé cuándo hemos llegado a esto: a enfrentar a jóvenes con pensionistas, a culpar a quienes lo dieron todo por este país de las dificultades de quienes hoy intentan abrirse camino en él.

Que yo sepa, los trabajadores de hoy serán los pensionistas de mañana, dentro de muy poco tiempo. ¿De verdad tiene sentido tirar piedras contra nuestro propio tejado?

¿De verdad hemos perdido la capacidad de comprendernos? ¿No tienen los jóvenes padres y madres pensionistas? ¿No esperan ellos mismos llegar algún día a esa etapa de la vida? ¿Hemos olvidado que detrás de cada pensión hay una vida de trabajo, cotizaciones, impuestos, sacrificios, madrugones, renuncias y años de esfuerzo?

Un pensionista no es una carga. Es una persona que ha trabajado, contribuido y vivido. Alguien que también fue joven, tuvo sueños, levantó una familia y luchó por un futuro mejor.

Y ningún joven debería sentirse culpable por no poder emanciparse, por cobrar un salario insuficiente o por no encontrar un futuro digno. ¿Cómo vamos a reprocharle a una generación que no puede construir su vida si tantas puertas se le cierran? Pero tampoco puede aceptar que su enemigo sea quien, después de toda una vida de trabajo, cobra una pensión que le permite vivir con dignidad. Y que, además, altruistamente comparten y ayudan a hijos y nietos, cuando a esa edad antiguamente era al revés.

La precariedad de los jóvenes no la han creado los pensionistas. La responsabilidad hay que exigirla donde corresponde: a quienes toman las decisiones, a los gobiernos y los políticos, a los empresarios que no pagan salarios dignos y a los sindicatos que deben defender con más firmeza los derechos de los trabajadores. Y también debemos preguntarnos qué estamos haciendo, individual y colectivamente, para cambiar las cosas.

Esta generación ya empezó enfrentando a mujeres contra hombres, feministas contra machistas, rojos contra progresistas, derechas contra izquierdas. Y ahora parece que faltaba completar la faena: jóvenes contra viejos, trabajadores contra pensionistas.

Como si para que unos vivieran mejor fuera imprescindible que otros vivieran peor. Como si el sufrimiento de unos justificara el de los demás. Recuerdan aquello de tanta igualdad, la gastaron, curioso, quieren bajar la pensión para igualar por abajo. No me dirán que no merecen lo que consiguen. En vez de pelear por ganar más ellos, se empeñan en que los pensionistas deben cobrar menos. Mal de muchos, consuelo de gilipollas. Pazguatos es poco.

¡Qué desvarío intelectual! ¡Qué manera de destruir los vínculos que sostienen una sociedad!

Porque detrás de cada joven que no puede pagar un alquiler hay una frustración, un proyecto de vida aplazado, una ilusión que empieza a apagarse. Y detrás de cada pensionista hay años de trabajo, de esfuerzo, de renuncias y, muchas veces, de haberlo dado todo para que sus hijos vivieran mejor.

¿De verdad vamos a convertir esas dos realidades en enemigas? ¿Vamos a enfrentar al que lucha por tener un futuro con quien se ha ganado el derecho a vivir dignamente después de toda una vida de esfuerzo?

Los jóvenes necesitan oportunidades, salarios dignos, vivienda y esperanza. Los mayores necesitan respeto, pensiones suficientes y la tranquilidad de saber que tantos años de trabajo no se consideran un estorbo.

Ambos tienen derecho a vivir con dignidad. Ninguno debería tener que defender su futuro atacando el del otro.

Una sociedad que enfrenta a sus generaciones está condenada a debilitarse. Una sociedad que las une puede exigir responsabilidades a quienes realmente las tienen.

Por eso, joven, antes de llamar carga a un pensionista, mira a tus padres, a tus abuelos, a quienes te cuidaron cuando no podías valerte por ti mismo. Piensa en todo lo que hicieron, en lo que renunciaron y en las veces que sacrificaron sus propias necesidades para que tú tuvieras una oportunidad.

Y tú, que hoy eres pensionista, no olvides que los jóvenes también tienen derecho a un futuro mejor que el que muchas veces les estamos dejando. No son tus enemigos. Sus dificultades también merecen nuestra solidaridad, nuestra comprensión y nuestra lucha.

Porque el tiempo no pregunta a qué generación perteneces. Pasa para todos. El joven de hoy será el mayor de mañana, si la vida le concede ese privilegio. Y quien hoy envejece también fue joven, tuvo sueños y necesitó que alguien creyera en él.

Joven, no permitas que te convenzan de que tu enemigo es quien envejeció antes que tú. Mayor, no veas en los jóvenes una amenaza, sino a quienes deberían poder continuar construyendo aquello por lo que tú también luchaste.

No nos enfrentemos quienes necesitamos comprendernos. Unos tienen la fuerza de la juventud; otros, la experiencia de los años. Ambos tienen mucho que aportar y mucho que defender.

Y a quienes alimentan esta guerra entre generaciones, recordémosles algo: dividirnos no resolverá nuestros problemas. Solo conseguirá que dejemos de mirar hacia donde debemos hacerlo, que nos enfrentemos entre nosotros mientras las verdaderas responsabilidades quedan fuera de nuestro alcance.

Una sociedad decente no obliga a elegir entre el bienestar de sus mayores y el futuro de sus jóvenes. Busca soluciones para ambos, porque la justicia no consiste en quitarle dignidad a uno para concedérsela al otro.

Pedazos de idiotas, antes de llamar carga a un pensionista, recuerda que un día tú también envejecerás. Y entonces comprenderás que la dignidad no tiene edad, que el respeto no caduca y que el desprecio que hoy repartes podría ser el que mañana recibas. Quizá entonces eches de menos una mano tendida, una palabra amable, una sociedad que no te juzgue por los años que tienes, sino por la persona que eres.

Y quizá comprendas, demasiado tarde, que aquellos a quienes llamabas carga eran personas como tú, que un día también tuvieron 20 años, ilusiones y toda una vida por delante.

Porque una sociedad que desprecia a sus mayores olvida su pasado, y una sociedad que abandona a sus jóvenes renuncia a su futuro.

No permitamos que nos roben ambas cosas enfrentándonos entre nosotros.

Que ningún joven tenga que avergonzarse de no poder vivir dignamente. Que ningún mayor tenga que pedir perdón por haber envejecido. Y que nunca olvidemos que, antes de ser jóvenes o pensionistas, somos personas. Personas que merecen respeto, justicia y una vida digna. Porque el verdadero fracaso de una sociedad no es que sus generaciones tengan problemas diferentes. Es que llegue a convencerlas de que, para resolverlos, tienen que odiarse entre ellas.

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