Vivimos un período extraordinario de progreso tecnológico y científico, y la cuestión fundamental no es simplemente cuánta riqueza produce la humanidad, sino qué dirección le damos a esa riqueza y a qué futuro sirve.
Los estudiantes exigen educación. Las familias exigen vivienda. Los trabajadores exigen seguridad económica. Los activistas climáticos exigen protección del medio ambiente. Los movimientos por la paz exigen el fin de las guerras.
Parecen preocupaciones aisladas, pero, en realidad no son tales. Reflejan diferentes dimensiones de una misma aspiración fundamental: la posibilidad de un futuro que valga la pena vivir.
Para quienes se benefician del sistema actual, mantenerlo puede parecer más importante que transformarlo, pero, para los jóvenes que deben vivir con sus consecuencias, el futuro no es una posibilidad abstracta. Es su vida.
Vemos cómo los políticos van a su bola, polarizando la vida de todos, pero tengámoslo claro: invertir en educación, sanidad, vivienda, protección del medio ambiente y desarrollo humano amplía las posibilidades de las generaciones futuras.
Personalmente comparto -no es la primera vez que lo defiendo aquí-, comparto, digo, que la juventud deje de mirarse el ombligo y salga a la calle, fuera del interesado y eterno maremágnum político, no a quemarla, no a violentarla, sino a defender su futuro respetando las normas que nos hemos dado.
En Europa se multiplican las protestas estudiantiles que se extienden por todo el continente, comenzando con demandas de mejores condiciones educativas y evolucionando hasta convertirse en un desafío más amplio a las prioridades del gobierno.
En Francia, por ejemplo, los estudiantes exigen suficientes profesores, edificios bien mantenidos, equipos tecnológicos modernos y financiación pública adecuada.
En España, las protestas por la vivienda han llevado a miles de personas a las calles para protestar contra los desahucios, la especulación inmobiliaria y la creciente dificultad para encontrar un lugar donde vivir.
Luego existen formas de violencia que son particularmente difíciles de reconocer porque a menudo se presentan como consecuencias inevitables del desarrollo económico, la seguridad nacional o el funcionamiento natural de la sociedad, en lugar de como el resultado de decisiones humanas.
Existe violencia económica, por supuesto: la concentración de riqueza y recursos en manos de una pequeña minoría, mientras millones luchan por acceder a vivienda, educación, atención médica y una vida digna.
Por supuesto, existe violencia ambiental: la destrucción de ecosistemas, la contaminación y el agotamiento de los recursos naturales que heredarán las generaciones futuras.
Y, por supuesto, existe violencia cultural: las creencias, narrativas e instituciones que normalizan la discriminación, la dominación y el uso de la fuerza como formas aceptables de organizar la sociedad.
Desde esta perspectiva, lo que comenzó como una demanda de mejores escuelas ha pasado por la violencia y el saqueo, para terminar finalmente en un debate sobre el gasto público, la responsabilidad política y el futuro de una generación.
La preocupación subyacente es la misma: personas, en su mayoría jóvenes, que cuestionan las instituciones que, a su juicio, no responden a sus aspiraciones, exigen justicia social y un mayor protagonismo en la construcción de su futuro.
Priorizar los beneficios a corto plazo supone proteger los intereses existentes, mientras socavamos las condiciones necesarias para un futuro mejor de nuestros jóvenes.
Saludos cordiales.
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