El fútbol es el deporte rey. No entiende de fronteras, ideologías, religiones, razas ni lenguas. Une donde otros separan. Lo mismo ocurre con la música. Ambos son lenguajes universales capaces de acercar a pueblos que la política, demasiadas veces, enfrenta.
Precisamente por eso, una final de fútbol no debería convertirse en el escaparate de ningún dirigente político. El protagonismo pertenece a los jugadores, a los entrenadores y a la afición. No a quienes buscan convertir cualquier acontecimiento multitudinario en una fotografía para alimentar su imagen.
Pedro Sánchez y Donald Trump sobran en ese palco.
No por quiénes son, sino por lo que representan.
El Gobierno de Pedro Sánchez ha trasladado conflictos políticos al ámbito cultural y deportivo. Sus decisiones respecto a Eurovisión y el respaldo a iniciativas de boicot relacionadas con la Vuelta a España han contribuido, a juicio de muchos, a mezclar política con espacios que deberían permanecer libres de ella. La cultura y el deporte no pueden convertirse en herramientas al servicio de una estrategia política.
Donald Trump representa otra forma de utilizar el poder: la política de la fuerza. Sus decisiones militares y su manera de entender las relaciones internacionales han provocado profundas divisiones, incluso entre aliados tradicionales. Quien recurre al lenguaje de las bombas difícilmente puede identificarse con los valores que el deporte pretende transmitir.
No quiero ver a ninguno de los dos presidiendo una final. Ni a ellos ni a ningún dirigente que pretenda apropiarse de una emoción colectiva que no le pertenece.
Los estadios no deberían ser prolongaciones de los parlamentos ni escenarios para el marketing político. Ya soportamos suficiente propaganda durante todo el año. El fútbol debe seguir siendo uno de los pocos lugares donde millones de personas pueden compartir una pasión sin preguntarse a quién vota quien está sentado al lado.
Si de verdad creemos que el deporte es un instrumento de convivencia, también debemos protegerlo de quienes intentan utilizarlo para reforzar su imagen o legitimar su poder.
Me habría gustado que, al entrar en ese estadio, la única ovación fuera para los futbolistas. Y que, si hubiera una voz unánime en las gradas, fuera para recordar a cualquier gobernante -sea Pedro Sánchez, Donald Trump o cualquier otro- que el deporte no les pertenece.
Porque el fútbol no necesita políticos en primera fila. Necesita que lo dejen en paz.
El balón une mucho más que el poder.
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