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jueves, 16 de julio de 2026

JÓVENES Y ¿VAGOS?

 Como seres humanos que somos, nos encanta compararnos con la gente de nuestro entorno. Ya sea para bien, en el caso de que tengamos la suerte de llevar una vida más o menos decente, ya sea para mal, con el fin de autocompadecernos. Pero la realidad es más complicada. Estamos en 2026 y no en 1980, ya no se llevan las hombreras, ya no está tan de moda el pop español, ni se graban canciones de la radio con cintas de casete. Y al igual que la vida no es la misma que la de entonces, tampoco la sociedad es igual que la de entonces. Quienes crecieron y maduraron durante la dictadura conocieron de primera mano una vida marcada por las dificultades y aprendieron, por pura necesidad, que el esfuerzo era el único camino para salir adelante. Con la Transición se abrió un mundo de oportunidades: la llegada de la democracia, mayores libertades y una mejora progresiva de las condiciones laborales. En definitiva, oportunidades que a día de hoy parecen haberse reducido de forma drástica. Aquella generación que aprendió, por pura necesidad, que el esfuerzo era una condición imprescindible para seguir adelante, ha legado a sus hijos e hijas esa forma de pensar. Una forma de pensar que no está adaptada a la realidad laboral del día a día en 2026. Hoy tenemos a toda una generación de padres transmitiendo a sus hijos esos valores de esfuerzo, valentía y superación que tanto costó conquistar hace décadas. Sin embargo, vemos becarios recién graduados, chavales que empezaron a trabajar con veintipocos tras finalizar estudios de FP, e incluso treintañeros con casi 10 años de experiencia a quienes se ningunea de forma constante, a los que se les paga por debajo de lo que marcan los convenios, a los que no se les hace caso cuando detectan fallos en la prevención de riesgos en sus puestos. ¿No es lógico el desánimo y la impotencia cuando ves día a día cómo se aprovechan de ti? Convendría dejar de buscar culpables y empezar a preguntarnos por las causas. Quizá el problema no sea que los jóvenes sean más vagos que antes. Si toda una generación deja de creer que el esfuerzo merece la pena, tal vez no estemos ante un problema de actitud, sino ante un fracaso colectivo.

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