Lo peor que le puede pasar a un país no es tener malos gobernantes.
Lo peor es dejar de sentir vergüenza.
Vergüenza cuando un anciano muere esperando una ayuda de la Ley de Dependencia que llegó demasiado tarde. Vergüenza cuando una viuda, después de trabajar y sacar adelante una familia, tiene que elegir entre comprar carne o encender la calefacción. Vergüenza cuando nuestros mayores pasan horas mirando una puerta que nadie abre porque la visita prometida nunca llega.
Y, sin embargo, ya casi nadie se escandaliza.
Nos indigna más una opinión en las redes sociales que la soledad de miles de ancianos.
Nos preocupa más una palabra que una persona.
Eso sí debería hacernos bajar la cabeza.
Mientras tanto, si preguntas por qué España no controla mejor su inmigración, la respuesta ya está preparada. No importa lo que digas. Da igual cómo lo argumentes. Antes incluso de terminar la frase ya te han condenado: Racista. Xenófobo. Fascista.
Las etiquetas son mucho más cómodas que las respuestas.
Porque responder obligaría a explicar por qué un país que dice no tener recursos para atender con dignidad a quienes lo levantaron sí encuentra recursos para otras prioridades. Y esa es una pregunta incómoda.
No es una crítica contra quien llega buscando un futuro mejor.
Es una crítica contra quienes gobiernan sin explicar con claridad cuáles son sus prioridades.
Un Gobierno tiene el deber de ser solidario. Pero su primera obligación es no abandonar a quienes durante cuarenta años pagaron impuestos, levantaron empresas, trabajaron en el campo, en las fábricas, en los hospitales o en las carreteras para construir el país que hoy heredamos.
Ellos no heredaron nada. Lo levantaron.
Y hoy demasiados sienten que el Estado les ha dado la espalda.
Pero sería demasiado fácil cargar toda la culpa sobre los políticos, son fiel reflejo de la podrida sociedad.
Porque hay otra realidad de la que casi nadie quiere hablar. La nuestra.
¿Qué clase de sociedad se ha acostumbrado a aparcar a sus mayores en una residencia y creer que con pagar una factura ya ha cumplido?
¿Qué clase de hijos somos cuando encontramos tiempo para todo menos para sentarnos una hora junto a nuestra madre?
¿Qué nos está pasando para conocer el nombre del veterinario de nuestro perro y no el del auxiliar que cuida a nuestra abuela?
Sí. Ya sé que no todas las familias son iguales. Hay hijos que se desviven por sus padres y profesionales que hacen auténticos milagros en las residencias con los pocos medios de que disponen. Merecen todo mi respeto.
Pero también existen demasiadas historias de abandono. Demasiadas residencias denunciadas por la falta de inspecciones exigentes, falta de personal, por una atención insuficiente o por unas condiciones que nunca aceptaríamos para nosotros. Y cuando esas denuncias desaparecen de los titulares, desaparece también la indignación.
Como si nuestros mayores dejaran de existir cuando dejan de dar audiencia.
Luego llegan las campañas llenas de palabras hermosas: Dignidad. Inclusión. Igualdad. Cuidados. Solidaridad. Humanidad...
Pero un país no demuestra sus valores con los eslóganes.
Los demuestra entrando en una residencia un domingo por la tarde.
Los demuestra viendo cuántas habitaciones esperan una visita que no llega.
Los demuestra preguntando a una anciana cuánto hace que nadie la saca a pasear.
Los demuestra exigiendo a nuestros políticos prioridades, sí, con prioridades se gobierna un país, una comunidad, una ciudad, una sociedad, una familia... sin prioridades para con los demás, solo queda nuestra prioridad, la prioridad de ellos mismos, de los políticos tan nefastos que tenemos.
Ahí se mide la decencia de una sociedad.
No en un discurso desde un atril para quedar bien con los suyos.
También me sorprende el silencio de tantos colectivos feministas que aseguran defender siempre a las mujeres. Porque esas viudas que viven solas también son mujeres. Esas ancianas olvidadas también son mujeres. Esas abuelas que pasan semanas sin recibir una visita también son mujeres.
¿Dónde están las pancartas por ellas? Irene, Belarra, Pam, Ministerio de Igualdad, feminismo elitusta por edad: demagogas e hipócritas. Bueno, a ustedes desde Zapatero, Monedero y Errejón se les cayó el telón en plena actuación.
¿Dónde está la indignación?
¿Dónde están los focos?
Parece que hay causas que dan votos y otras que solo producen silencio. Bueno, votos ahora tampoco. Ya os calaron.
Y mientras tanto, el Gobierno sigue dando lecciones de ética, de democracia y de lucha contra los bulos.
Quizá la mayor mentira no sea un bulo de internet.
Quizá la mayor mentira sea repetir que vivimos en una sociedad cada vez más humana mientras permitimos que quienes nos enseñaron a caminar les obligamos a aprendan a envejecer en soledad.
Porque ese es el verdadero fracaso.
No el económico. No el político. El moral.
Un país que olvida a sus mayores está renunciando a su propia memoria.
Y una sociedad que presume de progreso mientras deja atrás a quienes la construyeron no está avanzando.
Simplemente está perdiendo el alma.
De verdad, no necesito que nadie comparta estas palabras.
Solo me gustaría que, al terminar de leerlas, cada uno se hiciera una pregunta.
¿Cuánto hace que no abrazas a tu madre?
¿Cuánto hace que no te sientas una hora con tu padre?
¿Cuánto hace que no visitas a esa abuela que un día dejó de dormir para cuidar de ti cuando eras un niño?
Porque quizá el problema de España no empiece en el Congreso.
Quizá empiece mucho más cerca.
Empiece el día que dejamos de creer que nuestros mayores eran nuestra responsabilidad.
Y ese día, sin darnos cuenta, dejamos también de ser la sociedad que creíamos ser.
Fíjense si dejamos de tener vergüenza, que, resulta muy seriamente preocupante que un número muy elevado de aspirantes a plazas de Educación Infantil suspendieran, muchos de ellos por deficiencias tan básicas como la comprensión lectora y faltas de ortografía. Esta situación invita a reflexionar sobre el nivel de exigencia del sistema educativo y universitario, ya que quienes obtienen un título para enseñar deberían dominar estas competencias esenciales.
Sin señalar a un único responsable, es legítimo preguntarse cómo han podido graduarse personas con carencias tan evidentes y si los procesos de evaluación durante su formación han sido realmente rigurosos.
Si esto ocurre con futuros educadores, ya me dirán qué puede suceder en otras profesiones, como la política, el periodismo o la medicina. ¿Les extraña que algunos sean activistas ideológicos o se pongan en huelga antes de demostrar que mereció la pena sostener las universidades, pagarles la manutención hasta cerca de los 30 años, sus estudios y a los profesores que los aprueban, para que luego desprecien su propio código deontológico, siendo capaces de quedarse en huelga poniendo en riesgo la vida de sus pacientes? Pues no, no es normal: deberíamos sentir vergüenza de la sociedad que hemos construido, llena de derechos y sin apenas obligaciones.
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