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jueves, 16 de julio de 2026

EL PEÑÓN ;NADA QUE CELEBRAR

 

El Peñón: nada que celebrar

España no recupera soberanía, no corrige los desequilibrios económicos de la comarca y acepta como definitivo un escenario que durante décadas sostuvo que era provisional

La desaparición de la verja de Gibraltar no constituye una victoria para España. Al contrario, consagra un 'statu quo' que nuestro país llevaba décadas rechazando y culmina una negociación que, pese a la euforia exhibida ayer por Pedro Sánchez, deja intacto el fondo del conflicto. Sobre Gibraltar hay muy poco que celebrar. Es cierto que la supresión de los controles fronterizos facilitará la vida de los cerca de 15.000 trabajadores del Campo de Gibraltar que cruzan cada día para desempeñar su labor en el Peñón. Ese beneficio práctico es indudable, pero no puede ocultar que el acuerdo consolida una situación política que España siempre había considerado provisional y que ahora acepta de hecho, sin obtener avances en la cuestión esencial: la soberanía.

La gran oportunidad surgió con un Brexit que situó por primera vez en décadas a Londres en una posición negociadora más débil y ofrecía a España la posibilidad de reabrir un debate histórico. La paradoja es evidente: el Reino Unido abandona la Unión Europea y, sin embargo, Europa elimina la verja de Gibraltar. Difícilmente puede encontrarse una imagen más expresiva del resultado de esta negociación. La cuestión de la soberanía ha quedado desplazada. La Moncloa ha delegado la negociación en las instituciones europeas y ha evitado que un asunto de semejante trascendencia ocupara el lugar que le corresponde en las Cortes Generales. El resultado es un acuerdo que sacrifica el núcleo del conflicto.

Mientras tanto, Gibraltar ha seguido consolidando su posición. El aeropuerto ha ampliado su protagonismo estratégico y el territorio ha crecido mediante rellenos sobre espacios marítimos cuya soberanía España nunca ha reconocido. Hoy el Peñón dispone de una realidad territorial y económica mucho más sólida que hace cuarenta años. Este era el momento en que España debía haber movilizado el respaldo de sus socios europeos para defender una posición firme sobre una cuestión de Estado. Sin embargo, el Gobierno ha consumido buena parte de su capacidad de influencia exterior en otros objetivos políticos, desde la búsqueda de apoyos para su precaria mayoría parlamentaria hasta iniciativas como la cooficialidad del catalán en las instituciones comunitarias. Cedió una vez más las posiciones que estaba obligado a defender también aquí. Las prioridades de un gobierno tienen consecuencias duraderas para los intereses nacionales. La desaparición de la frontera física tampoco elimina otros problemas que afectan directamente al Campo de Gibraltar: persisten las diferencias fiscales, las dudas sobre los mecanismos de control financiero y un modelo económico que durante años ha sido objeto de críticas por su opacidad en una de las zonas más castigadas por el narcotráfico. Tampoco desaparece la enorme brecha de renta entre los habitantes del Peñón y los vecinos de La Línea de la Concepción. Esa desigualdad seguirá existiendo aunque la verja deje de estar en pie.

La frontera desaparecerá, pero el problema de Gibraltar permanece intacto. España no recupera soberanía, no corrige los desequilibrios económicos de la comarca y acepta como definitivo un escenario que durante décadas sostuvo que era provisional. El Reino Unido abandona la UE, pero Gibraltar sale reforzado. Resulta difícil perfilar ahí una victoria española: más bien parece la confirmación de una ocasión histórica perdida.

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