Qué oficio tan complejo este de ser (buen) español, un examen de costura permanente donde nunca se acierta con el uniforme. Ya lo decía El Perich: «El patriotismo es lo que hace que cualquier idiota se sienta orgulloso por el mero hecho casual de haber nacido en el mismo sitio que un genio». Nos miden la identidad por los decibelios con los que animamos a la selección nacional. Si jóvenes abertzales la insultan en los Sanfermines se arma el drama y se les hace notar, con aire vengador, que administrativamente son tan españoles como el que más; lo dice su DNI, ese documento implacable. Su pasaporte es de aquí, aunque su corazón lata en ese idioma bárbaro llamado euskera. ¿Es que acaso si mañana nos invadiera Francia o Marruecos y nuestro carnet llevase el sello de París o de Rabat, dejarían los de la prioridad nacional de sentirse muy y mucho españoles? Capaces son... ¡A vendepatrias no los gana nadie y a Abascal rasgos árabes le sobran!
A Javier Bardem le cae el castigo divino tanto si se enfunda la elástica de la selección como si la deja en el armario. A Borja Iglesias le afean que se pinte las uñas y que tenga las neuronas que a otros les faltan. Sin embargo, a nuestra ínclita Familia Real se la ensalza por su tremenda "campechanía" al enfundarse la camiseta nacional a las puertas de la final; un patriotismo exprés y de sofá de lo más aplaudido, obviando con gracia que sus propios apellidos provienen de rancio abolengo extranjero.
El amor y el compromiso con la tierra que uno pisa y habita se sustancia en hacer mejor la vida de los demás. Y pare usted de contar. En ese sentido, aunque más de uno se escandalice, aporta bastante más al bienestar común Arnaldo Otegi que Amancio Ortega. Porque si antaño los obreros no tenían patria, en la era global los multimillonarios la tienen menos aún. Para muestra, el bochornoso espectáculo de Juan Roig y Ana Patricia Botín en el palco de Dallas, haciendo el ridículo internacional al arrastrarse ante un streamer de 21 años para venderle chorizos de Mercadona y cuentas del Santander. Ya lo profetizó Machado: en España, los señoritos invocan a la patria y la venden al mejor postor. Su orgullo nacional cotiza en la sección de saldos. Ya va siendo hora de que los guardianes de la rancia rojigualda entiendan lo que canta Vitorín el de Mieres: que en esta tierra o cabemos todos, o no cabe ni dios.
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