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domingo, 8 de abril de 2012

JÓVENES INDIGNADOS Y DESORGANIZADOS

El Puntal-Villaviciosa-Asturias-España(foto J.A.Miyares)

Jóvenes indignados enmudecidos.

La urgencia de que la juventud recupere el dominio de las palabras y sepa enunciar sus denuncias
La primera y una de las labores más complicadas de los psicólogo clínicos consiste en determinar con exactitud si su paciente está triste, desolado, exhausto, decaído, amargado, mohíno, nostálgico, melancólico, frustrado, abatido, apenado, angustiado, agobiado, hundido, desilusionado, decepcionado? Que padece alguna enfermedad del alma no admite duda, pues la «denuncia» con su actitud, la hace saber, la avisa, da noticia de ella. En efecto, ha dejado de comer con apetito, duerme mal, se dispersa, apenas le toma gusto a nada.

Sin embargo, para atajar de modo efectivo la enfermedad del alma que le aqueja resulta imprescindible que la verbalice, que la «enuncie», que exprese breve y sencillamente la idea motriz de su mal. De no conseguir pasar a palabras claras y significantes su estado de ánimo, quien acude a consulta psicológica es más que probable que acabe por cronificar su dolencia, continúe sufriendo como estaba y acabe tomando como rasgo normal de su personalidad lo que, bien enunciado, sería un trastorno. Pues eso mismo acaba de decirlo el pensador francés Edgar Morin con respecto a los jóvenes indignados de Occidente (pues en otras partes lo han enunciado muy bien derribando a los tiranos): «No basta con denunciar, hay que enunciar (?). El problema es que carecen de un pensamiento, de una vía para el momento inmediatamente posterior (?). Los indignados hacen críticasjustas, denuncian pero no pueden enunciar».

Los indignados están mal, los enfermó el sistema: pero no dan con las palabras que les permitan salir del túnel donde fueron embutidos. Y no dan con ellas porque el propio sistema se las robó, porque el propio causante del mal se esforzó en que no las aprendiesen, usando para ello todos los medios a su alcance (y en sus manos). El Poder convirtió las televisiones en vertederos de basura gritona, maleducada y analfabeta; entronizó a tarados con severos problemas de coordinación mental y los hizo modelos imitables, deseables, ejemplares; desterró de la pantalla a la inteligencia y al buen decir, sustituyéndolos por la estupidez, el balbuceo y el berrido. El Poder anuló el posible trabajo de los profesores encargados de enseñar la lengua común llenando su jornada laboral y la de sus compañeros con un trabajo burocrático tan absurdo como reiterativo, fomentando la inquina social hacia ellos, desprestigiándolos con mentiras escandalosas, cambiando con criminal frecuencia planes de estudio que, precisamente, venían redactados en una jerga cada vez más absurda, contradictoria, podrida. El Poder creó una casta de políticos cuyo lenguaje se aparta lo más posible del lenguaje real, del hablar común: unas voces de su amo con la boca llena de barbarismos, de incongruencias discursivas, de enrevesados trabalenguas que no transmiten otra cosa que ruido y distorsión auditiva. El Poder fomentó, financió, ayudó y aplaudió el becerro dorado de las redes sociales, en cuyas entradas y «posts» toda memez encuentra cobijo; de los blogs desde los que pontifican la agramaticalidad, la penuria sintáctica, el desmán morfológico, la miseria léxica, la vileza semántica; de las webs acientíficas, necias, enemigas del buen juicio? todo para servir al propósito del Poder: hacerlas en el imaginario social equivalentes al periodismo de denuncia y clara enunciación.

 El Poder no tuvo el menor escrúpulo en identificar cualquier sustancia (alcohol y otras drogas) con sana diversión juvenil, enminimizar u ocultar los daños individuales y colectivos que producen, pues un cerebro dañado, falto de reflejos, abotargado se esclaviza mejor que el sano, activo y despierto. El Poder cerró librerías, redujo bibliotecas, despreció la lectura en favor del culto genuflexo a la imagen. El Poder, en definitiva, ocupó el lenguaje, ocupó la enunciación, por la fuerza, para mantener a sus legítimos propietarios reducidos a los límites del aviso, de la denuncia: indignados, pero sin palabras, enmudecidos.

Qué curioso e ilustrativo que sean dos ancianos (el citado Morin y Stéphane Hessel, sobre todo) quienes más clamen desde la sabiduría contra el atropello que ese rapto violento de las palabras significa para los jóvenes. Morin, un «pesioptimista», el que fuera resistente francés antinazi, comunista expulsado del Partido por los totalitarios, enuncia su denuncia en estos mismos días: a los intelectuales los está carcomiendo la esclerosis por academicismo; la Humanidad es la que está en crisis, no la economía; la hegemonía del dinero es la ruina moral; la tiranía de lo cuantitativo es el camino a la barbarie; la educación debe ser global, vital, interrelacionada, no parcelada, subdividida, atomizada. Dice Morin que «lo que se puede esperar ya no es el mejor de los mundos, sino un mejor mundo», de acuerdo, pero que la lucha debe encaminarse a que lo improbable sea posible, a que lo inverosímil pueda suceder. Sí, hay que estar indignados, es decir, irritados, enfadados vehementemente con la barbarie que el Poder desea vendernos. «Indignaos, pero comprometeos» (podría decir con Hessel).

Y acaso la tarea más urgente, más acuciante, sea recuperar el lenguaje que a los jóvenes se les ha hurtado premeditada, alevosa y sistemáticamente de un par de generaciones acá. Volver, sin duda, a leer, a recuperar el dominio de las palabras, a que cada joven enfermo de indignación sepa dar el paso siguiente y enuncie lo que quiere y no ceda en ello. «No sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa», dejó dicho Ortega y Gasset. No seamos más el enfermo indeciso del principio: enunciemos lo que nos pasa, demos con la palabra justa para que se haga lo justo. «La cosa pública se ha llenado de publicistas encargados de buscar expresiones para falsificar la realidad», recordaba Juan José Millás hace unos días.

 Pues bien, es labor inmediata desenmascarar a esos emisarios del Poder real, a los mercaderes del mal decir, abrumar su sinsentido con el valor que las palabras grandes tuvieron en nuestra lengua, reivindicar ejercitándolos enunciados completos, inequívocos, directos, acusadores, reveladores, llenarnos de palabras de verdad contra las palabras de filfa y de mentira. En esa trinchera hay que estar, estamos algunos. ¡Ay de quien piense que quienes amamos el lenguaje sólo somos una banda de pintorescos puristas a la que quita el sueño una coma mal puesta! Adelante, enunciemos nuestra indignación, nuestra denuncia.

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