Valiente, admirable y necesaria. Así definiría la carta de la señora Ángeles Menéndez Muñiz, de Corvera de Asturias, publicada el 13 de agosto de 2026 bajo el título «Las guarderías para niños pequeños ahora también son para personas mayores». La felicito sinceramente.
Su carta pone sobre la mesa, con una claridad que no necesita adornos, una realidad que llevamos demasiado tiempo soportando y que nunca deberíamos aceptar como normal.
Al respecto, llevo muchos años escribiendo sobre las residencias de ancianos y denunciando el abandono por parte de las administraciones competentes. Llevo más de quince años enviando cartas al respecto, reclamando respeto, exigiendo residencias decentes y denunciando la falta de inspecciones en condiciones y de controles realmente rigurosos.
Más de quince años insistiendo en algo que debería ser elemental: nuestros mayores merecen vivir con dignidad, estar bien atendidos y recibir el respeto que se han ganado durante toda una vida. Pero parece que sirvieron de poco.
Los ciudadanos debemos denunciar y denunciar, a ver si algún político, y quienes hacen negocio con el cuidado de nuestros mayores, se dan por aludidos y empiezan a considerar ese maltrato, a la vista de todos, como algo urgente e inmediato que debe convertirse en ley.
Se sacan leyes de protección de menores, de mujeres, de mascotas, de animales... y está muy bien. Pero sobre el derecho a nacer de un ser en formación y sobre el derecho a recibir un cuidado digno cuando empiezan a faltar las fuerzas y la mente, una protección legal es necesaria a todas luces.
Son los más vulnerables y, precisamente por eso, no podemos seguir mirando hacia otro lado.
Creo que fui casi tan duro como usted en muchas de aquellas cartas al director. Pero después de leer su denuncia, tengo que reconocer que pocas veces he encontrado una forma tan directa, sencilla y contundente de expresar lo que está ocurriendo.
Gracias, Ángeles, por esa carta escrita desde el alma de una ciudadana, como deberíamos ser todos. También los jóvenes, porque mañana serán ellos quienes lleguen a la vejez. Y entonces quizá comprendan que aquello que hoy permitimos que ocurra con nuestros mayores puede convertirse mañana en nuestra propia realidad.
No hablamos de números, expedientes ni estadísticas. Hablamos de personas. De padres, madres, abuelos y abuelas. De hombres y mujeres que trabajaron, sacaron adelante familias y contribuyeron durante décadas a construir la sociedad que hoy disfrutamos.
¿Y qué les estamos devolviendo?
No podemos aceptar que, al llegar a una determinada edad, una persona pierda visibilidad, voz o importancia. La vejez no puede convertirse en una condena a la soledad, al abandono o a unos cuidados insuficientes.
Gracias, Ángeles, por su valentía. Por escribir sin rodeos y por hacerlo con una prosa fácil de entender por todos. Porque cuando una injusticia es evidente, no hacen falta palabras complicadas: hace falta decirla.
Le envío un enorme abrazo y mi más sincera felicitación.
Yo también tengo mandada una última carta, la enésima. Espero que la publiquen para que se vea que este asunto también me preocupa, me ocupa y me escandaliza. La titulé «Y después llegará la vejez, que llegará para todos».
Pero, sinceramente, mi carta para nada se acerca a su denuncia directa. Y precisamente por eso hago su denuncia mía, sin miramientos y sin medias tintas.
Porque defender a nuestros mayores no debería ser una cuestión política, ideológica ni de conveniencia. Debería ser, sencillamente, una cuestión de humanidad y de justicia.
Una sociedad que no cuida y respeta a quienes más lo necesitan está fallando en algo esencial.
Hoy son ellos. Mañana seremos nosotros.
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