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sábado, 15 de agosto de 2026

Y DESPUES LLEGARÁ LA VEJEZ QUE LLEGARÁ PARA TODOS.

 Jóvenes: pronto llegará la vejez. Para todos, ustedes no serán jovenes para siempre. Es cierto que no llegará de la misma manera a todos, pero a todos llegará.

Y entonces descubriréis algo que hoy parece imposible: la independencia absoluta era, en buena medida, una falsa ilusión.

Necesitaréis médicos que no se vayan de huelga y sin listas de espera. Instituciones que funcionen. Inspecciones que protejan a los ancianos en las residencias, ahora, peores que las perreras muchas de ellas. Vecinos que no levanten muros de dos metros alrededor de su casa. Amigos que cojan el teléfono y que no se enojen por ideas políticas. Hijos que, en vez de pasear al perro, hagan de lazarillos vuestros. Hermanos que no tendrán o que no se hayan alejado, que sigan ahí. Y quizá, sobre todo, necesitaréis a alguien que pregunte cómo estáis y esté dispuesto a perder media hora de su diversión para escucharos y acompañaros.

Entonces descubriréis también algo todavía más incómodo: los vínculos que no se cultivan durante una vida entera no aparecen de repente cuando hacen falta.

Por eso quizá deberíamos dejar de hablar únicamente de cuánto costarán las pensiones y empezar a preguntarnos cuánto costará la soledad de llegar viejo o vieja.

Cruel realidad.

Muchos de los mayores de dentro de unos años -y esos años pasan mucho más deprisa de lo que ahora imagináis- seréis vosotros. Y algunos se preguntarán entonces si merecieron algo más que la soledad que dieron a quienes les trajeron al mundo. A quienes lucharon por ellos. Trabajaron por ellos. Pagaron impuestos. Les alimentaron, les vistieron, les llevaron al médico, les limpiaron las cacas, les protegieron, les educaron y pagaron sus estudios. Quienes construyeron, con su esfuerzo, buena parte del bienestar del que hoy disfrutan.

Incluso hubo padres que les dejaron propiedades. Que gastaron sus pensiones y sus ahorros en ellos, en sus problemas y en sus necesidades.

Pero quizá aquello que algunos hicieron mal -y que podrían acabar pagando muy caro- fue otra cosa: no les educaron en valores. Y eso también tendrá un precio.

Unos no tuvieron hijos. Otros los tuvieron y no podrán contar con ellos. Algunos decidieron no tenerlos porque era su elección. Otros no pudieron. Y habrá quienes, sencillamente, lleguen al final de sus vidas sin nadie cerca.

No todos tendrán la misma responsabilidad. Ni la misma historia. Ni las mismas circunstancias.

Pero todos tendrán una necesidad común: que alguien se acuerde de ellos.

Y quizá ahí esté una de las lecciones que deberíamos transmitir a las generaciones que vienen: la supervivencia de una sociedad no depende únicamente de lo que cada individuo sea capaz de conseguir por sí mismo, sino también de lo que sus miembros estén dispuestos a hacer unos por otros.

Cada generación tendrá que aprender a sobrevivir, sí.

Pero también tendrá que aprender a convivir, compartir y cuidar.

Porque si educamos a nuestros hijos para creer que nadie debe nada a nadie, no deberíamos sorprendernos cuando llegue el día en que tampoco ellos tengan a quién recurrir.

Lo peor no es estar solos, lo peor es haber criado desagradecimiento.

Así los estamos educando.

Y así, probablemente, acabarán sufriendo la soledad.

La soledad no asumida suele ser una de las peores enfermedades.

Una casa. Un coche. Unos cientos de euros. Un terreno. Unas vacaciones. Todo eso puede parecer mucho mientras estamos aquí. Pero solo tiene verdadero sentido cuando sirve para compartirlo.

El futuro no es un seguro para nadie. No existe hasta que llega. Y puede no llegar.

Creer que nos pertenece es otra ilusión.

La propiedad también es efímera, porque nosotros lo somos. Hoy estamos aquí. Dentro de un rato, mañana, un accidente, un terremoto, una inundación, una enfermedad... y todo puede cambiar en segundos.

Al final, todo aquello por lo que llegamos a enfadarnos, enfrentarnos y hasta matarnos -parejas, hermanos, hijos, vecinos, amigos-, todo aquello que creíamos nuestro y exigíamos como nuestro, se quedará aquí.

No podemos llevarnos nada.

Ni la casa.

Ni el coche.

Ni el dinero.

Ni el terreno.

Nada.

Ni siquiera la escritura.

Por eso eliminaría toda herencia que no se dé en vida. Y, según cómo se haga después, muchas veces la herencia solo sirve para dejar conflictos entre quienes deberían quererse: entre hermanos, entre hijos y padres, y entre estos y el resto de la familia.

Quizá la verdad más sencilla sea también la más difícil de aceptar:

Nada es realmente nuestro. Todo nos ha sido prestado durante un tiempo.

No quiero vivir para verlo.

Y precisamente por eso me da pereza y mucha pena hablar tan directamente de unas generaciones que dicen abiertamente estar en el mundo para disfrutar, ser felices y vivir como quieran, mientras en demasiadas ocasiones parecen capaces de dar mejor vida al perro que a sus propios mayores.

No me preocupan los mayores que se irán.

La muerte forma parte de la vida.

Me preocupa más lo que quedará detrás.

Una sociedad con más recursos que nunca, pero quizá con menos tiempo para los demás. Con más medios para prolongar la vida, pero menos personas dispuestas a acompañarla. Capaz de atender casi todas las necesidades materiales y, sin embargo, incapaz de responder a la más antigua de todas:

¿Quién estará a vuestro lado cuando ya no podáis valeros por vosotros mismos?

Esa pregunta no es solo para los viejos de ahora.

Ni para los que serán viejos dentro de diez años.

Es para todos vosotros y vosotras.

Porque la vejez no es una posibilidad.

Es una cita.

Y os llegará.

A todos.

Entonces quizá entendáis que tenerlo todo no sirve de mucho si no queda nadie con quien compartirlo.

Y quizá descubráis demasiado tarde que la soledad no se improvisa el día que llega la vejez.

Se construye durante toda una vida.

Como también se construye, durante toda una vida, la gente que estará allí cuando ya no podamos valernos solos.

Os espera una vejez que hoy quizá no queréis ni pensar. Pero llegará.

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