Dentro de poco tiempo, muchos de los pensionistas de hoy estarán ya en otro estado, uno del que nadie regresa. Gastando y disfrutando otros de lo que dejaron de gastar.
Pero hay una cuestión mucho más profunda que las pensiones, el ahorro o el coste de la vejez: ¿quién cuidará de vosotros y vosotras cuando dejen de valerse por ustedes mismas, si no quieren tener hijos, no quieren cuidar a sus padres y no quieren por "progresistas" que los inmigrantes vengan a cuidar a nadie, más bien cuidarles a ellos? Un mundo raro el que les espera.
Durante décadas hemos construido una sociedad que ha hecho de la independencia individual una virtud y de las obligaciones familiares, cada vez más, una opción. Hemos ganado libertad, movilidad y autonomía, pero quizá hemos perdido algo que no aparece en ninguna estadística: la conciencia de que una generación necesita a la siguiente y de que, antes o después, todos necesitamos que alguien esté ahí.
No se trata de idealizar el pasado ni de reclamar que las familias vuelvan a vivir como hace cincuenta años. Tampoco todos los mayores tienen hijos, ni todos los hijos pueden o deben convertirse en cuidadores de sus padres. La vida es mucho más compleja. Pero sí deberíamos preguntarnos qué ocurre cuando una sociedad rompe progresivamente los vínculos que durante siglos hicieron posible que unas generaciones sostuvieran a otras.
Porque la vejez no se puede contratar siempre. Pero una cosa será cierta, el joven que no piense en ser viejo muy pronto, no tendrá vejez, solo triste soledad y abandono programado.
Podemos pagar una residencia, una ayuda a domicilio, un cuidador o cualquier otro servicio. Podemos convertir el cuidado en una prestación, una factura o una partida presupuestaria. Pero hay algo que el dinero no garantiza: que haya alguien que quiera estar.
Y ahí aparece la verdadera paradoja.
Una sociedad puede ser cada vez más rica y, al mismo tiempo, cada vez más pobre en compañía. Puede ofrecer mejores tratamientos médicos, más tecnología, más servicios y más comodidades, y permitir que una persona muera rodeada de todas las prestaciones necesarias y, sin embargo, completamente sola.
Quizá estamos educando a generaciones enteras para no necesitar a nadie. Les enseñamos a reclamar sus derechos, a defender su espacio, a perseguir su proyecto personal y a no permitir que nada interfiera en su libertad. Todo eso tiene un enorme valor. Pero apenas hablamos de la otra cara: de las responsabilidades, de los sacrificios, de la reciprocidad y de la obligación moral de cuidar alguna vez de quien un día nos cuidó.
Y después llega la vejez.
No para todos de la misma manera, por supuesto. Pero llegará.
Entonces descubriremos que la independencia absoluta era, en buena medida, una ilusión. Que necesitamos médicos, instituciones, vecinos, amigos, hijos, hermanos o alguien que simplemente pregunte cómo estamos. Y descubriremos también que los vínculos que no se cultivan durante toda una vida no aparecen de repente cuando hacen falta.
Por eso quizá deberíamos dejar de hablar únicamente de cuánto costarán las pensiones y empezar a preguntarnos cuánto nos costará la soledad.
Muchos mayores de dentro de diez años serán personas que trabajaron, ahorraron, pagaron impuestos y construyeron el bienestar del que hoy disfrutamos. Otros no tuvieron hijos. Otros los tuvieron y no podrán contar con ellos. Algunos decidieron no tenerlos porque era su elección. Otros no pudieron. Y habrá quienes, sencillamente, se encuentren al final de sus vidas sin nadie cerca.
No todos tendrán la misma responsabilidad ni la misma historia. Pero todos tendrán la misma necesidad: que alguien se acuerde de ellos.
Y quizá ahí esté la lección que deberíamos transmitir a las generaciones que vienen: la supervivencia de una sociedad no depende únicamente de lo que cada individuo sea capaz de conseguir por sí mismo, sino de lo que sus miembros estén dispuestos a hacer unos por otros.
Cada generación tendrá que aprender a sobrevivir, sí. Pero también tendrá que aprender a cuidar.
Porque si educamos a nuestros hijos para creer que nadie debe nada a nadie, no deberíamos sorprendernos cuando llegue el día en que tampoco ellos tengan a quién recurrir.
Así los estamos educando. Y así, probablemente, acabaremos sufriéndolo.
Una casa, un coche, unos cientos de euros, un terreno, unas vacaciones... Todo eso solo tiene sentido cuando sirve para compartirlo. El futuro no existe. Creer que nos pertenece es, en el fondo, una ilusión. La propiedad es efímera, porque también lo somos nosotros. Hoy estamos aquí; dentro de un rato, mañana, un accidente, una enfermedad... y todo puede cambiar.
Al final, todo aquello que creíamos nuestro se queda aquí. No podemos llevarnos nada. Ni la casa, ni el coche, ni el dinero, ni el terreno. Nada.
Quizá la verdad más sencilla sea también la más difícil de aceptar: nada es realmente nuestro. Todo nos ha sido prestado durante un tiempo.
No quiero vivir para verlo. Y precisamente por eso me da pena.
No por los mayores que se irán. La muerte forma parte de la vida. Me preocupa más lo que quedará detrás: una sociedad con más recursos que nunca, pero quizá con menos tiempo para los demás; con más medios para prolongar la vida, pero menos personas dispuestas a acompañarla; capaz de atender casi todas las necesidades materiales y, sin embargo, incapaz de responder a la más antigua de todas: ¿quién estará a vuestro lado cuando ya no puedan valerse solos?
Esa pregunta no es solo para los pensionistas de dentro de diez años.
Es para todos vosotros y vosotras.
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