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lunes, 31 de agosto de 2026

ERA,NUESTROS MAYORES Y LA SOLIDARIDAD DE ESCAPARATE.

 ¿Cómo puede producirse un vacío de poder en el ERA porque un responsable esté de baja? ¿Puede una Administración de tal calado depender hasta ese punto de una persona? Si es así, demuestra en manos de quién estamos: una estructura incapaz de garantizar su funcionamiento cuando falta uno de sus responsables.

Y mientras tanto, nuestros mayores esperan.

Esperan atención, inspecciones, cuidados dignos y profesionales suficientes. Esperan que alguien recuerde que detrás de cada expediente hay personas que han trabajado, cotizado y levantado esta sociedad. El abandono sistemático de las residencias debería ser un escándalo, no una noticia pasajera.

Pero parece que hay dinero y energía para otras prioridades: millones en pinganillos para hablar el mismo idioma, debates lingüísticos sobre una jerigonza -el bable asturiano- que apenas se utiliza ya en la vida cotidiana, y gestos políticos como ofrecerse para acoger a quienes llegaron irregularmente a Ceuta, sean menores o mayores.

Todo ello mientras Barbón parece más preocupado por mantener su posición de aliado de Sánchez que por atender los problemas de los asturianos.

Y aquí hay una cuestión que no puede ocultarse bajo el manto de la supuesta insolidaridad: si repartimos por la Península a quienes llegan irregularmente, el efecto llamada puede alcanzar proporciones incalculables.

No basta con apelar a la humanidad. También existe la responsabilidad de defender nuestras fronteras y nuestra capacidad para decidir quién entra, quién puede quedarse y en qué condiciones.

Los menores que llegaron a Ceuta deben regresar con sus padres. Si supieron venir, sabrán volver y, si no, ayudarles a irse. Y si existen obligaciones derivadas de nuestra legislación de protección de menores, también deben asumir responsabilidades Marruecos y los países de procedencia.

Porque resulta difícil aceptar que no se sepa dónde están sus padres mientras sí se solicitan cargadores para los móviles con los que comunicarse con ellos.

¿Somos realmente tan ingenuos?

No hablamos necesariamente de refugiados. En muchos casos hablamos de personas que han entrado irregularmente en nuestro territorio y cuya situación es por invasión de frontera. Nadie tiene derecho a permanecer, deben ser devueltos con más humanidad de la que ellos mostraron al entrar sin permiso. No por inhumanidad, sino por responsabilidad. Si la entrada irregular se convierte en una vía para quedarse, se está enviando un mensaje evidente a quienes estén pensando en imitarles o repetirla. No son refugiados, son invasores.

¿Saben cuántas personas están dispuestas a intentarlo?

España no puede solucionar la pobreza de todo un continente. Nuestros recursos son limitados: plazas, profesionales, vivienda y dinero público. Y una política irresponsable puede poner en riesgo la estabilidad de España y de Europa.

Primero los de aquí.

Eso no significa dejar de ser solidarios. Debemos ayudar y respetar a quienes vienen legalmente a trabajar, integrarse y cumplir nuestras leyes. Pero no puede equipararse al inmigrante legal que viene a construir su vida con quien entra ilegalmente y pretende convertir esa entrada en un derecho de permanencia.

La solidaridad tampoco puede utilizarse como arma para llamar racista o xenófobo a quien exige fronteras controladas y cumplimiento de la ley.

Un alcalde de Oviedo es elegido para atender a los ovetenses, no para resolver los problemas de Gijón, León, Rabat o Ramala. Del mismo modo que ningún padre está obligado a atender primero a los hijos del vecino antes que a los suyos. Los recursos no son infinitos y las prioridades existen.

Y precisamente por eso resulta tan difícil entender que mientras se predica una solidaridad internacional ilimitada se tolere el abandono de nuestros mayores.

Volvamos al ERA.

Porque ahí está la verdadera emergencia.

Mientras se organizan manifestaciones y discursos sobre causas internacionales, nuestras residencias necesitan inspecciones periódicas, profesionales suficientes, transparencia, protocolos eficaces y sanciones contundentes cuando no se garantice una estancia digna.

Juan y Medio ha denunciado públicamente situaciones de abandono de personas mayores que resultan moralmente insoportables. Millás llegó a definir algunas residencias como «desguaces». Más allá de las palabras concretas, el problema está ahí: cómo tratamos a quienes han llegado al último tramo de su vida.

Y resulta indignante que quienes deberían responder por ello se manifiesten y llamen racistas o xenófobos a ciudadanos que discrepan sobre los centros de acogida mientras no muestran la misma contundencia ante el abandono de los ancianos.

A ustedes debería darles vergüenza cobrar de los impuestos de todos mientras existen problemas tan graves sin resolver.

Y sí, llega uno a pensar que en ocasiones hasta las perreras están mejor controladas e inspeccionadas que algunas residencias.

Eso debería avergonzarnos.

También debemos hablar de integración. No se trata de meter a todos los inmigrantes en el mismo saco, sino de reconocer que hay prácticas y concepciones culturales o religiosas incompatibles con los valores democráticos europeos: la igualdad ante la ley, la libertad individual y, especialmente, el respeto a las mujeres.

La ablación, la lapidación, determinadas formas de poligamia y la subordinación de la mujer siguen existiendo en distintos lugares. La cultura o la religión jamás pueden servir de excusa para vulnerar derechos fundamentales.

Y aquí aparece otra contradicción: determinadas feministas parecen movilizarse con enorme intensidad ante algunas causas, mientras guardan silencio ante determinadas agresiones sexuales y violaciones grupales cuando los agresores pertenecen a colectivos que políticamente resulta incómodo señalar.

Si el feminismo pretende ser universal, debe defender a todas las mujeres, independientemente del origen del agresor.

Lo mismo ocurre con esa sociedad que se moviliza por Palestina, Irán, Cuba, Venezuela o incluso por la eutanasia al perro Excalibur durante la crisis del ébola, mientras tolera que algunos ancianos vivan sus últimos años en condiciones indignas y se les regale en ley, lo que en un perro les escandaliza: la eutanasia. No se puede con tanta hipocresía en todo ese colectivo feminista.

No se trata de comparar jurídicamente realidades distintas. Se trata de señalar una contradicción moral: conmovernos ante lo que ocurre lejos mientras ignoramos lo que sucede delante de nuestra propia puerta. Conmovernos por la eutanasia a un perro y servirla en bandeja al abuelo.

Y resulta especialmente doloroso hablar de eutanasia cuando existen ancianos que sufren abandono. No cuestiono aquí la legislación ni las decisiones individuales; cuestiono que una sociedad pueda ofrecer una respuesta legal a quien quiere morir mientras no garantiza siempre unas condiciones dignas para quien quiere seguir viviendo.

Eso sí debería hacernos reflexionar.

A la nueva consejera que gestione las residencias hay que recordárselo: ustedes también serán viejos muy pronto.

Lo que hagan hoy por nuestros mayores será lo que mañana estaremos haciendo por nosotros mismos.

Por eso hacen falta leyes de protección del anciano, inspecciones regulares e independientes, controles rigurosos, personal suficiente y sanciones contundentes contra quien no garantice una vida digna en los últimos años. Una ley que proteja la vejez a la altura de la del perrito. Que se le pasee con el mismo cariño y tenga penas duras contra el abandono, abuso, maltrato y un cuidado indigno.

No necesitamos discursos. Necesitamos resultados.

No necesitamos solidaridad de escaparate. Necesitamos solidaridad real.

Y no necesitamos que cada crítica a la inmigración sea respondida con un insulto. Necesitamos una política migratoria responsable, fronteras controladas y capacidad de integración.

Porque España no puede resolver por sí sola la pobreza de un continente, pero tampoco puede abandonar a quienes construyeron el país.

Primero nuestros mayores. Primero quienes necesitan cuidados. Primero quienes han sostenido esta sociedad.

Y después, con los recursos que tengamos y dentro de la ley, toda la solidaridad que podamos ofrecer.

Porque una sociedad que presume de humanidad mientras abandona a sus mayores está confundiendo la solidaridad con la propaganda.

Y si el ERA puede quedarse prácticamente paralizado porque alguien está de baja, quizá la pregunta no sea quién falta.

La pregunta es quién está gobernando cuando están todos.

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