Recientemente leía en este medio los resultados de las oposiciones al cuerpo de maestros en Asturias, datos que me han hecho pensar. Quiero, desde estas líneas reflexionar y animar a que todos pensemos sobre un tema de capital importancia que traspasa las fronteras de nuestro Principado.
Ver impresos en los exámenes de futuros docentes términos como "abances", "surga" o "llendo" no es una simple anécdota. Los propios tribunales examinadores han manifestado su alarma al constatar no solo un número insólito de suspensos, sino graves deficiencias en la sintaxis, la puntuación y, lo que es aún más descorazonador, en la comprensión lectora más elemental. Estos resultados son el doloroso síntoma de una enfermedad profunda: el progresivo desmantelamiento de las humanidades y la devaluación del hábito lector en nuestra sociedad.
El éxito y el progreso humano no se miden exclusivamente en términos de destreza tecnológica, algoritmos y rentabilidad económica inmediata. En aras del utilitarismo tecnológico, disciplinas como la literatura, la historia o la filosofía han sido arrinconadas bajo distintos pretextos, uno de ellos, la falta de salidas laborales.
La ortografía y la sintaxis no son caprichos estéticos de académicos o adornos para intelectuales refinados. La forma en que escribimos es el reflejo exacto de cómo estructuramos nuestros pensamientos. Quien no domina su propia lengua es incapaz de articular ideas complejas, discernir matices y construir un pensamiento crítico sólido. En un mundo sobreestimulado por las pantallas y la inmediatez de las redes sociales, los jóvenes sustituyen la lectura profunda por el consumo de píldoras visuales efímeras. El libro ha dejado de ser un compañero habitual en las aulas y los hogares, y con su progresiva desaparición se marchita la capacidad de abstracción, se reduce el vocabulario y se dificulta la empatía, que se alimenta porque, al sumergirnos en historias y contemplar realidades ajenas, desarrollamos habilidades sociales más sólidas.
Sin conciencia histórica ni referentes literarios, jóvenes y adultos quedan desarmados frente a la manipulación masiva, los populismos, la desinformación y las mentiras
De igual modo, el olvido de la historia arranca de cuajo nuestras raíces, ya que la historia no es una sucesión estéril de fechas; es el mapa que nos explica quiénes somos, de dónde venimos y qué errores no debemos volver a cometer.
Sin conciencia histórica ni referentes literarios, jóvenes y adultos quedan desarmados frente a la manipulación masiva, los populismos, la desinformación y las mentiras que hoy campan a sus anchas no solo por el entorno digital, también por los hemiciclos y las cátedras, entre otros escenarios. Un pueblo que no lee y que olvida su historia es un pueblo fácilmente manejable.
No se trata de demonizar a los opositores ni de buscar culpables individuales. El problema es estructural y hunde sus raíces en un sistema educativo que ha confundido la modernización con el facilismo, descuidando el valor del esfuerzo y la excelencia académica. Para avanzar en la era de la IA, las ciencias exactas necesitan, hoy más que nunca, el contrapeso ético y reflexivo de las letras. La tecnología nos enseña lo que somos capaces de construir, pero solo las humanidades nos explican quiénes somos y por qué merece la pena seguir siéndolo.
Si queremos formar mujeres y hombres libres, analíticos y preparados para afrontar los desafíos del mañana, ciudadanos que no se dejen manipular, urge recuperar el prestigio del maestro, devolver el libro al centro de la vida escolar y familiar, reivindicar el estudio de nuestra herencia histórico-cultural.
Estos días veraniegos he tenido la oportunidad de conocer Puy du Fou, excelente iniciativa de gran rigor histórico sobre la historia de España. Encomiable es también el trabajo de José Carlos Gracia al frente de “Memorias de un tambor”, un podcast que comparte de forma accesible la maravillosa historia de España. Asimismo, quiero felicitar a los numerosos clubes de lectura que florecen por toda España. Sin ir más lejos, hace pocas semanas nació en la librería La Pilarica de Mieres “Tardes históricas”, un espacio que aúna literatura e historia.
Por eso urge mejorar las leyes educativas: que renuncien a su laxitud y retomen nuevamente el papel de la memoria, de la evaluación, de la exigencia. ¡Nos va mucho en ello! Las humanidades cambiarán el presente y salvarán el futuro.
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