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miércoles, 29 de julio de 2026

RIOS E INCENDIOS.

 Como seguramente va a causar extrañeza el título, voy a apresurarme a admitir que no es ajena a ello la necesidad que todos tenemos de llevar el agua a nuestro molino, y de aprovechar cualquier contingencia en beneficio propio. Mas dicho esto, no es menos cierto que también aprecio algunas similitudes que lo justifican. En primer lugar, la penosa gestión de montes y ríos. Y sí, también es verdad que infelizmente es extensible a muchos otros ámbitos. Pero como uno es pescador y una carta no es un ensayo infinito, voy a centrarme en lo que hoy está tristemente de actualidad y en el escenario de mi afición.

Es indudable que la mayor coincidencia reside en la absoluta indolencia e incapacidad de quienes deberían velar por que las consecuencias de los incendios no fuesen tan dramáticas, y de aquellos que deberían procurar que los ríos no se encontrasen tan mermados de peces. Pero acotando más, aprecio una circunstancia que coincide en ambos escenarios, y que en buena medida explica la triste actualidad. Me refiero a la limitación extrema, cuando no absoluta prohibición, de mantener limpios los montes y despejados los ríos. Creo que cualquiera que no lleve anteojeras puede comprender fácilmente que si en un monte hay menos combustible arderá peor. Pero, ¿y los ríos? Pues se lo explico yo. Desde hace bastantes años, las márgenes de los ríos asturianos no se pueden tocar, salvo que el muy osado que lo haga también esté dispuesto a abonar una jugosa multa. ¿El motivo? Esto deben preguntárselo a los felices inventores de la idea, que yo afirmo que no es buena para nada por varias razones. Porque hasta tal punto hemos llegado, que en algunas zonas, literalmente, es imposible introducir la caña entre las ramas para acceder al río. Sin embargo este es el menor de los inconvenientes, porque lo verdaderamente grave es que en estas riberas tan cerradas apenas puede penetrar la luz, y los peces, como cualquier animal, necesitan la luz para vivir. Claro que para saber esto hay que salir del despacho, y da la impresión de que demasiados no lo hacen. Y otra cosa. Estas densas hileras de vegetación también pueden convertirse en correas de transmisión del fuego, por no hablar de la diferencia entre disfrutar con la libre visión de una corriente o estrellarla contra el matorral. En fin, creo que son razones que sólo se pueden contestar desde la ignorancia y el fanatismo, y sólo así se explica que hayamos llegado hasta aquí.

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