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viernes, 31 de julio de 2026

HUELE A PODRIDO EN LA POLITICA ESPAÑOLA.

 El indulto parcial a Laura Borràs, los beneficios concedidos a otros condenados, la amnistía a quienes huyeron de la justicia española, los pactos con Bildu, dos secretarios de organización del PSOE pasando por la cárcel, el fiscal general del Estado condenado, la esposa y el hermano del presidente investigados judicialmente, el papel de Zapatero... Todo lo que rodea a este Gobierno transmite una sensación de tierra quemada. Nunca mejor dicho.

Huele a podrido. Huele a un intento desesperado de perpetuarse en el poder a cualquier precio. Huele a comprar mayorías parlamentarias con concesiones que hace apenas unos años eran impensables. Huele a reírse de los españoles. Huele a corrupción. Huele a una democracia cada vez más deteriorada. Huele a una igualdad ante la ley arrojada por los suelos. Huele a una separación de poderes tocada y hundida. Huele a una deriva institucional inquietante. Huele a impunidad. Huele a un PSOE ocupado por quienes han dilapidado su propia historia. Huele a una izquierda cómplice que ha renunciado a controlar al poder. Huele a una sociedad dividida y enfrentada (amigos que dejan de hablarse por defender a este impresentable de Sánchez, familias que lo mismo; es un encantador de serpientes) por una estrategia política basada en la polarización, enfrentamiento y la confrontación.

Pedro Sánchez ha hecho prácticamente todo lo contrario de lo que prometió en campaña electoral. Negó los pactos que después firmó. Negó los indultos en los términos en que terminaron produciéndose. Negó la amnistía y acabó impulsándola. Prometió una cosa y ejecutó la contraria. Esa es la realidad.

Resulta llamativo lo bien que parece entenderse con corruptos, delincuentes y prófugos de la justicia cuando necesita sus votos para seguir gobernando. Les concede aquello que antes aseguraba que era imposible, mientras el interés general queda relegado a un segundo plano.

Todo ello refleja un deterioro institucional de enorme gravedad. Pero también dice mucho de la oposición y de una sociedad que parece haber normalizado situaciones que hace treinta o cuarenta años habrían provocado una reacción infinitamente más contundente. Un pueblo que se acostumbra a todo acaba aceptándolo todo. Al fin y al cabo, los gobiernos también son el reflejo de la sociedad.

Y, mientras tanto, el presidente comparece una y otra vez para decirnos que España "va como una moto", que somos la economía que más crece y que todo marcha extraordinariamente bien. Sin embargo, millones de españoles contemplan una realidad completamente distinta.

La sanidad pública acumula problemas estructurales sin visos de mejora. Todo apunta a que la presión sobre los servicios públicos aumentará con una inmigración descontrolada, con la reagrupación familiar y con el aumento del número de nuevos nacionalizados, una política que algunos interpretan como una estrategia para ampliar la base electoral. A ello se suma un modelo turístico que invade cada vez más espacios y tensiona el acceso a la vivienda, encarece la vida y crea empleos de propina, serviciales y precarios. Solo ganan unos pocos.

Conviene recordar que los recursos de un país no son ilimitados. Acceder a una vivienda se ha convertido en una misión casi imposible para miles de jóvenes y familias. Muchas residencias de mayores presentan condiciones indignas, peores que las de algunas perreras. Once personas se suicidan cada día en España. La cesta de la compra no deja de subir. Salarios y pensiones apenas alcanzan para llegar a fin de mes. El turismo masifica ciudades, encarece la vivienda y el coste de la vida. Los incendios y las inundaciones dejan tragedias cada vez más devastadoras. Miles de ciudadanos no pueden permitirse algo tan básico como unas gafas o una dentadura. Y, mientras tanto, los servicios públicos continúan saturados.

Aun así, un Gobierno que sabe que pierde respaldo en cada cita electoral se aferra al poder con todos los medios a su alcance. Costará desalojarlo. Hará cuanto esté en su mano para conservar el poder: pactar, indultar, amnistiar o conceder privilegios políticos a quien sea necesario. No parece reconocer límites cuando se trata de seguir gobernando.

Esa es la España que ven millones de ciudadanos. Sin embargo, el presidente insiste en que todo va de maravilla. Quizá para él y para quienes sostienen su Gobierno sea así. Pero para una parte importante de los españoles, la realidad es muy distinta.

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