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lunes, 27 de julio de 2026

INCENDIOS Y MENTIRAS

 

Incendios y mentiras

Cuando nos lamentamos por los bosques perdidos olvidamos que la Europa actual, incluso tras los incendios, cuenta con muchos más bosques de los que jamás ha tenido a lo largo de su dilatada historia

Los incendios que este verano están arrasando gran parte de Europa, desde Andalucía, Madrid y Castilla y León hasta Alemania, pasando por Francia, no están provocados en modo alguno por el calentamiento global. Son, sin lugar a dudas, obra del hombre, ya sea de forma voluntaria o involuntaria. Volveré sobre ello con más detalle. Antes de nada, y para evitar cualquier malentendido, no niego el calentamiento global. Es un fenómeno constatado, medido y objeto de un consenso científico que ya no es discutible. Lo que sí lo es, en cambio, es atribuir este calentamiento en su totalidad a la actividad humana y, sobre todo, a la industrialización y al tráfico rodado. Existen muchos otros factores en el origen del calentamiento que desconocemos y sobre los que no tenemos control. Basta, para convencerse de ello, recordar que a lo largo de la historia documentada los períodos de calentamiento se han alternado con períodos aún más nefastos de enfriamiento. Por consiguiente, culpar al carbono generado por nuestro desarrollo económico es, en realidad, una postura ideológica; su ambición, apenas disimulada, es incriminar a la industrialización, la globalización y el capitalismo. Si queremos despolitizar el tema, admitamos entonces que sí, que hay calentamiento, que está causado en parte por las actividades humanas, pero que deberían explorarse muchos otros factores en lugar de negarlos. Añadamos también que los esfuerzos –modestos– que se están realizando en Europa occidental para limitar nuestras emisiones de dióxido de carbono solo tendrán un efecto muy limitado sobre el calentamiento global, ya que cada vez que cerramos una central de carbón o de gas China pone en funcionamiento otras diez. Del mismo modo, limitar nuestro consumo de carne con el pretexto de que nuestras vacas emiten metano que calienta el clima es una postura sumamente ridícula que da a entender que cada uno de nosotros es responsable de este calentamiento y puede actuar contra él. Sin duda, quienes se hacen vegetarianos van en bicicleta y se preocupan por separar la basura, y así limpian su conciencia, pero no crean que tienen la más mínima influencia sobre el clima mundial, y menos aún sobre los incendios.

Volviendo a estos fuegos, la mayoría, si no la casi totalidad –como se ha señalado anteriormente–, han sido provocados por intervenciones humanas, demasiado humanas. Una primera causa, por muy incómoda que resulte reconocerla, tiene que ver con los actos voluntarios o involuntarios de los pirómanos. Para algunos, provocar un incendio es un impulso patológico bien conocido e innegable. En el caso de otros, más numerosos, los incendios se deben simplemente a acciones mal controladas, voluntarias o involuntarias, como tirar un cigarrillo por la ventanilla del coche o hacer una barbacoa en el bosque. En lugar de culpar al calentamiento global como causa principal de los incendios deberíamos mejorar la información y la sensibilización de la población, que en general es inconsciente de las tragedias que provoca en épocas de sequía aguda. Otra causa importante, también humana, de los incendios es que ya no cuidamos el bosque, mientras que nuestros antepasados se esforzaban por hacerlo. Ellos sabían que había que talar ciertos árboles y desbrozar el terreno para que el fuego no pudiera propagarse. Este conocimiento ancestral se fue olvidando a medida que la agricultura tradicional iba perdiendo terreno. No es demasiado tarde para retomar estas tradiciones, cuya eficacia reconocen quienes se encargan de nuestros bosques. No es de extrañar que los bosques privados estén mejor gestionados que los públicos y que en ellos los incendios sean menos frecuentes: las virtudes de la privatización también se aplican a la naturaleza, por mucho que moleste a los defensores del Estado omnipotente y de la ecología represiva.

Otra causa humana, demasiado humana: construimos por todas partes, en cualquier sitio, sobre todo en lugares que hasta hace poco no eran aptos, porque se tenían en cuenta los riesgos naturales, ya se tratara de inundaciones en las riberas de los ríos, a orillas de los océanos o de incendios en los límites de los bosques. Por desgracia, el activismo de los promotores inmobiliarios, combinado con el gusto de los propietarios por volver a la naturaleza, ha llevado a urbanizar espacios cuya vocación era permanecer desiertos. ¿Sorprende que algunas inundaciones e incendios arrasen barrios enteros? Recordemos la dana de Valencia.

Todas estas reflexiones y observaciones no son más que una cuestión de sentido común y de conocimiento de la historia. Pero el sentido común mueve poco a la gente y el conocimiento no tiene éxito en los medios de comunicación. Se prefieren las ideologías simplistas y la demonización. Resulta más motivador para los políticos, los 'influencers', los comentaristas y, a veces, los periodistas achacar el cambio climático global a culpables identificados, en lugar de recurrir a soluciones prácticas contrastadas por el tiempo.

Concluiré con una última observación que, probablemente, sorprenderá a muchos lectores. Cuando nos lamentamos por las hectáreas quemadas y los bosques perdidos, sin duda tenemos razón. Pero más allá de esa compasión, cabe recordar que la Europa actual, incluso tras los incendios, cuenta con muchos más bosques de los que jamás ha tenido a lo largo de su dilatada historia. Antiguamente se cultivaba hasta la parcela más pequeña de terreno, se calentaba la casa con leña, la metalurgia y la construcción naval consumían bosques enteros, mientras que los bosques protegidos eran escasos, generalmente reservados para la caza, a menudo de forma exclusiva para la aristocracia. Una fotografía de la vegetación en Europa, digamos del siglo XVIII, revelaría lo relativamente desértica que era en comparación con la cobertura forestal actual. El cambio comenzó en el siglo XIX, cuando el petróleo sustituyó a la leña, la agricultura intensiva se impuso a la agricultura tradicional y los campesinos se concentraron en las ciudades. Por eso, a pesar de los pirómanos –tanto profesionales como aficionados– y del calentamiento global, y a pesar de los incendios, nunca hemos tenido en nuestro continente una cobertura vegetal tan densa como la que disfrutamos hoy: aproximadamente el 40 por ciento del continente está cubierto de bosques. En el siglo XVIII, Europa era un Sahara cultivado; hoy es una especie de Amazonia desde que la agricultura intensiva y la urbanización han concentrado el uso del suelo. Estos son los hechos, para uso exclusivo de aquellos a quienes les interesa la realidad.

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