Cada día leemos opiniones como esta. Pilar García, economista: «Las pensiones se crearon para financiar ocho años de vida tras dejar de trabajar; ahora son más de veinticinco».
Todo parece indicar que vivimos en la época de las frases cortas, las ocurrencias, los lemas y las pancartas a la carta, pero sin desarrollar realmente los argumentos. Aquí parece importar más el impacto que la profundidad. Se lanza la frase, se busca el titular y se pasa a otra cosa. Falta responsabilidad personal, profesional e intelectual.
Si bien es cierto que una sociedad como la española afronta serias consecuencias a corto plazo por el envejecimiento de la población y la falta de natalidad, en lugar de plantear con seriedad las soluciones necesarias se insiste en reforzar los obstáculos, dando la impresión de que estamos en manos de perfectos incompetentes.
Si hay muchos mayores y pocos jóvenes, también es cierto que esos mayores no son eternos. Muy pronto dejarán espacio a generaciones de mediana edad en una sociedad demográficamente distinta. Sin embargo, da la sensación de que algunos consideran que quienes hoy cobran una pensión, después de toda una vida cotizando, deberían desaparecer cuanto antes para aliviar las cuentas públicas.
Pero aquí falta un dato que algunos economistas de mirada corta parecen ignorar: no todos los pensionistas llegan a cobrar esos supuestos veinticinco años de pensión. Muchos fallecen antes de percibir un solo mes tras décadas de cotización. Y ya no sirve demasiado el viejo argumento de que la pensión pasa a la viuda o al viudo, porque hoy ambos trabajan, ambos cotizan y ambos están expuestos a las mismas circunstancias de la vida. También ocurre que muchas personas fallecen antes de disfrutar de aquello para lo que contribuyeron durante años.
Por supuesto que existe un desfase inmediato provocado por la baja natalidad y el envejecimiento de la población. Pero quizá el problema sea aún más profundo: la falta de profesionales en prácticamente todos los sectores, la precariedad laboral, los bajos salarios y una economía incapaz de generar oportunidades suficientes para sostener el modelo social con garantías.
Sin embargo, nadie parece hablar del coste de sostener una estructura política sobredimensionada. Nadie parece escandalizarse por los casos de corrupción que vemos cada semana, por los enchufes, el despilfarro de recursos públicos o los pactos cuyo precio acaban pagando los contribuyentes. Ahí muchos economistas mediáticos y muchos populistas guardan silencio. Resulta más fácil sembrar dudas sobre la carga que representan los pensionistas para las nuevas generaciones.
Todo ello como si quienes hoy son jóvenes fueran a permanecer jóvenes para siempre. Como si nunca fueran a envejecer. Como si nunca fueran a reclamar aquello que ellos mismos habrán contribuido a financiar. Pazguatos es poco.
Después observamos políticas inmigratorias y procesos de regularización que, a mi juicio, carecen de la planificación y el control necesarios. Se facilita la reagrupación familiar sin que parezca existir una evaluación seria de sus consecuencias a medio y largo plazo. Al mismo tiempo, el turismo masivo continúa creciendo y ejerciendo una presión cada vez mayor sobre infraestructuras y servicios.
Todo ello contribuye a la saturación de la sanidad, de los recursos públicos y sociales, de la vivienda y de otros servicios que no son ilimitados. Y posiblemente, dentro de poco, también contribuya a una pérdida creciente de bienestar y seguridad económica debido al encarecimiento de la vivienda, de los suministros y de la cesta de la compra.
Mientras tanto, nuestros economistas siguen echando las cuentas de la lechera sobre los pensionistas.
Aquí hay mucho que arreglar mientras se desarregla todo cada vez más.
La ineptitud de nuestra casta política nunca había sido tan patente ni tan evidente. Ese es, a mi entender, el verdadero problema de España. No la longevidad de quienes han trabajado y cotizado durante toda su vida, sino la incapacidad de quienes gestionan los recursos públicos. Y probablemente también sea uno de los grandes problemas de buena parte del mundo occidental.
Luego aparece el Papa León XIV con mensajes que muchos interpretan como un respaldo moral a determinadas políticas migratorias. Mensajes que Pedro Sánchez y su Gobierno pueden utilizar para justificar sus decisiones. Sin embargo, no vemos al Vaticano abrir de par en par sus puertas para acoger a esos hermanos africanos a los que tanto se invoca en nombre de la solidaridad y la humanidad.
La solidaridad es una virtud. Pero la responsabilidad también. Y gobernar exige encontrar un equilibrio entre ambas. Lo contrario no es solidaridad: es demagogia.
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