Junts y ERC: entre la obligación de defender la decencia y la intolerancia a PP - VOX
Esa lealtad, o casi «sumisión» a Sánchez, -esa palabra la usan compañeros del propio Rufián-, es lo que tensa a día de hoy al separatismo catalán
Cada nuevo escándalo del PSOE que sacude a la opinión pública, y van unos pocos en las últimas semanas, genera nuevas tensiones en los dos partidos independentistas que dieron su confianza a Pedro Sánchez en 2023. Sin Junts ni ERC, sin ERC ni Junts, el líder del PSOE no estaría hoy durmiendo todavía en el Palacio de La Moncloa.
Las dos formaciones políticas, cuyo poder se ha ido diluyendo a marchas forzadas en paralelo que su apoyo a Sánchez se iba consolidando, acabaron votando a favor de la investidura del candidato socialista a cambio de una serie de prebendas que, pese a llenar muchos titulares, cosa que siempre es bueno para los periodistas, la mayoría de ellas no se han acabado de materializar -o no en su totalidad-.
Sí, aunque era una línea roja que Sánchez dijo que nunca iba a traspasar, básicamente porque en su opinión y la de gran parte de sus ministros era inconstitucional, a los pocos meses de estrenar su nuevo colchón de La Moncloa aprobó una amnistía cuyo principal objetivo era el retorno de un Carles Puigdemont, rehabilitado como actor político, que sigue residiendo fuera de España al no poder beneficiarse de ese olvido penal.
Desde la Casa de la República, en Waterloo (Bélgica), el expresidente de la Generalitat trata de seguir incidiendo a diario en la política catalana y española. Aunque, a la vista de lo que pronostican los sondeos electorales, sin mucho éxito. De hecho, Puigdemont tiene hoy una crisis de liderazgo interna como nunca antes la había tenido y ya ha quien, dentro de Junts, llama a un recambio urgente. Pero a 1.322 kilómetros de distancia, los que no quiere recorrer Núñez Feijóo para suplicar su apoyo, el sonido no llega bien definido, o eso dice el expresident, que hace oídos sordos.
Una crisis parecida de liderazgo es la que tiene Esquerra Republicana, aunque en este caso porque le crecen los enanos. Si bien en su caso el presidente de ERC, Oriol Junqueras, sí se ha podido beneficiar de la amnistía, o casi, ya que todavía no puede ejercer cargo público y no puede concurrir a la presidencia de la Generalitat, el mismo Gabriel Rufián que en 2015 llegó a Madrid para estar solo 18 meses se ha emborrachado de poder y aún quiere más.
El exconcejal de Santa Coloma, cargo efímero que duró como la independencia a Cataluña, ya que renunció a representar a sus vecinos para seguir entrando y saliendo de los despachos de poder en Madrid, pone ahora condiciones a Junqueras para seguir encabezando la lista de ERC en Madrid. Y, siendo su principal activo electoral, básicamente porque el resto se han ido quemando, se sabe fuerte y capaz de doblegar incluso a aquellos que piden su expulsión.
Lo que pide Rufián, más allá de cuestiones orgánicas y de contrapesos, es poder incidir más en las decisiones que se toman en Madrid. Es decir, poder jurar lealtad absoluta a Sánchez y firmar algo así como una pareja de hecho de larga duración con el PSOE. Consciente, además, de que su otro proyecto, el de incluir a ERC en una lista conjunta de las izquierdas soberanistas españolas no va a salir adelante. Básicamente porque la vida real no es la misma que la de Twitter, en la que se mueve tan bien.
Esa lealtad, o casi «sumisión» a Sánchez, -lo de sumisión lo dicen compañeros del propio Rufián-, es lo que tensa a día de hoy al separatismo catalán. Incluso más que el ascenso electoral de una Sílvia Orriols, a la que han repudiado hasta la saciedad, pero que amenaza con desdibujarles el tablero electoral en el Parlament de Cataluña y en convertirse en necesaria para cualquier suma independentista que pretenda ser alternativa al PSC de Illa.
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