Mientras veía en las noticias los disturbios y las informaciones sobre menores detenidos, no pude evitar pensar en mi hermano pequeño, de 16 años. Me pregunté qué sentiríamos en casa si descubriéramos que, después de decir que había quedado con sus amigos, había acabado incendiando una papelera o rompiendo escaparates.
No puedo imaginar la impotencia de recibir una llamada de la Policía y descubrir una faceta de tu hijo que nunca habrías esperado. Pero también me pregunto si, como padres, basta con confiar en que nuestros hijos se porten bien o si debemos enseñarles a asumir las consecuencias de sus actos.
Porque educar no es solo cuidar de alguien, sino también enseñarle a respetar a los demás.
¿Nos hacemos esta pregunta antes de que sea demasiado tarde?
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