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martes, 8 de septiembre de 2026

LA HUMANIDAD DE LOS DISCURSOS Y LA RESPONSABILIDAD DE LOS HECHOS

 Escuchas a personas como Pepe Viyuela y te quedas asombrado ante un discurso en el que parecen haberse erigido en la máxima expresión de la sensibilidad y la humanidad. De palabra, todo es conmovedor. De hechos, nada.

Dice estar en contra de quienes consideran que los migrantes son personas a las que se puede echar «como si fueran basura». También dice que quienes vienen lo hacen buscando una vida mejor; que en Marruecos pasan hambre, que no se respetan los derechos de las mujeres, que son seres humanos, que tienen derechos y que buscan aquello que no encuentran en un país como Marruecos, al que describe como complicadísimo.

Muy bien. Pero aquí aparece una contradicción que alguien debería explicar.

Porque desde este mismo Gobierno se repite una y otra vez que Marruecos es un país aliado, amigo y de confianza. La Unión Europea mantiene con él acuerdos económicos y comerciales y coopera con ese país en materia de control de fronteras. Y, mientras tanto, Marruecos aspira a compartir con España y Portugal la organización del Mundial de fútbol, con la construcción de un gigantesco estadio y con la pretensión, incluso, de albergar la final.

Entonces, señor Viyuela, ¿en qué quedamos?

¿Marruecos es un país aliado, seguro y suficientemente fiable para que España y la Unión Europea mantengan acuerdos con él y le confíen el control de sus fronteras, o es ese país «complicadísimo» del que miles de personas tienen que escapar porque pasan hambre y no se respetan los derechos de las mujeres?

Algo no concuerda.

Pero vayamos a lo verdaderamente importante. Señor Viyuela, practique con el ejemplo.

¿Cuántos inmigrantes tiene usted recogidos en su casa?

Porque ser solidario con lo de los demás es extraordinariamente fácil. Lo difícil es serlo con lo propio. Si usted considera que esas personas necesitan un lugar donde vivir, comida, atención y protección, ¿por qué no empieza por su propia casa?

Lléveselos.

Ahí podremos empezar a hablar de solidaridad real y no de moralina desde la comodidad.

Lo que resulta de una tremenda irresponsabilidad es alimentar un efecto llamada sin explicar después cuáles son sus consecuencias. Ningún país tiene capacidad para salvar por sí solo a todo un continente de más de 1.500 millones de habitantes. Los recursos no son ilimitados. Ni la vivienda, ni la sanidad, ni la educación, ni las ayudas sociales, ni los servicios públicos son infinitos.

Y decirlo no es ser inhumano. Es ser responsable.

¿Sabe cuántas personas vulnerables pueden sentirse legitimadas para intentar alcanzar España al escuchar discursos como el suyo y los de este Gobierno? Y si unos pueden venir, ¿por qué no todos los que decidan hacerlo? ¿Dónde ponemos el límite? ¿Quién decide quién entra y quién no?

Sus discursos cursis sobre la humanidad se caen solos cuando uno empieza a formular preguntas elementales.

¿Dónde quedamos nosotros?

Nosotros también hemos construido un país democrático, con libertades, derechos, sanidad, educación y servicios públicos. Hemos invertido durante décadas enormes cantidades de recursos para construirlos y mantenerlos. ¿Ahora resulta que todo eso puede repartirse sin límite con cualquiera que llegue?

No.

Y decir «no» no significa estar contra la inmigración.

Significa defender que las fronteras existen por alguna razón.

Quien quiera venir debe llamar a la puerta y esperar a que se le permita entrar. Debe hacerlo por los cauces establecidos, con documentación, identidad acreditada y, cuando corresponda, certificado de antecedentes penales. Lo que no puede aceptarse es transgredir una frontera y, una vez dentro, exigir automáticamente derechos y permanencia.

¿Qué clase de mensaje estamos enviando?

¿Que entrar ilegalmente puede terminar siendo una vía para quedarse? ¿Que cuanto mayor sea la presión sobre la frontera, mayor será también la obligación de acoger? ¿Que las leyes dejan de tener sentido cuando quien las incumple consigue situar al Estado ante un hecho consumado?

Eso sí es irresponsabilidad.

Y sus consecuencias son imposibles de predecir si el efecto llamada se convierte en la norma.

No se trata de negar que esas personas sean seres humanos. Naturalmente que lo son. Precisamente porque son seres humanos hay que hablar también de responsabilidad, de límites, de leyes y de consecuencias.

La humanidad no consiste en abrir las puertas de un país sin límite alguno.

La humanidad tampoco consiste en exigir a los demás que asuman las consecuencias de nuestras convicciones.

Y mucho menos consiste en convertir la compasión en una obligación ilimitada para quienes ya viven aquí.

No, señor Viyuela. Ustedes no son más humanos por decirlo más alto. Tampoco son más sensibles por utilizar palabras más bonitas.

En muchas ocasiones son, sencillamente, más irresponsables.

Y tengo una última pregunta.

Si mañana esos mismos inmigrantes a los que usted considera seres humanos -porque lo son- entraran en su casa sin permiso y ocuparan sus habitaciones, ¿también los dejaría quedarse? ¿Saldría usted de su propia casa con sus hijos para que ellos pudieran vivir allí? ¿Lo haría por humanidad?

Si la respuesta es no, quizá entonces podamos empezar a reconocer algo muy sencillo: que una cosa es defender la dignidad de las personas y otra muy distinta pretender que esa defensa obligue siempre a los demás a asumir el coste.

La solidaridad empieza por uno mismo.

Lo demás, cuando se practica con el patrimonio, la casa y los recursos ajenos, se parece demasiado a la moralina.

Y de moralina estamos sobrados.

Y precisamente por eso, señor Viyuela, no nos dé lecciones de humanidad mientras otros tienen que pagar la factura de sus convicciones.

La compasión sin responsabilidad puede sonar muy bien.

Pero cuando la factura llega, la moralina la pagan otros.

Y eso tiene un nombre mucho más sencillo: irresponsabilidad.

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