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sábado, 5 de septiembre de 2026

CONCENTRACIONES:CUANDO LA MULTITUD TAMBIÉN CAMUFLA LA REALIDAD

 Cuando se hace una concentración de protesta, hay algo que resulta imposible saber con exactitud: cuántas de las personas que vemos entre la multitud están realmente allí para protestar y cuántas simplemente pasan, van y vienen, se paran un momento y continúan su camino.

No es lo mismo llenar una plaza que llenar una protesta.

En el trajín de cualquier ciudad, estar estático solo permite contar, con cierta aproximación, a quienes permanecen en el punto cero. En Oviedo, la plaza de la Constitución, la plaza del Ayuntamiento. Pero basta con que los aledaños se llenen para que la imagen cambie por completo: unos se marchan, otros llegan, y todos se entremezclan. Turistas, vecinos, trabajadores, jóvenes, mirones y quienes realmente han acudido a apoyar una causa.

Y ahí está el problema: unos suman, otros simplemente están y otros, incluso, restan.

Si fuera una manifestación, la realidad sería mucho más visible. Se vería el paso de las comitivas de protesta, quién marcha y quién no, quién ha acudido expresamente y quién se encontraba allí por casualidad. Una manifestación permite distinguir mejor el compromiso de la simple presencia.

Por eso no sé a quién benefician esas convocatorias estáticas. Desde luego, no parece que beneficien a quien se pretendía apoyar. Una concentración puede ofrecer una fotografía de una plaza repleta, pero también puede camuflar las cifras. Y las cifras, cuando se trata de medir el respaldo a una causa, importan.

Tengo que decir también que a los jóvenes y a los turistas deberían importarles esas protestas. Sin embargo, en ocasiones parecen vivir en mundos paralelos dentro del mismo lugar: unos están allí por curiosidad y otros por responsabilidad.

No se trata de obligar a nadie a pensar como uno piensa. Se trata de respetar a quienes han decidido salir a la calle porque consideran que lo que está ocurriendo merece una protesta.

Creo que, seas turista o no, cuando pasa algo así hay dos opciones: o te sumas o te vas. Sentarte tranquilamente en una terraza entre la multitud que está protestando, o intentar atravesarla como si nada estuviera ocurriendo, me parece una falta de respeto propia de esta era moderna en la que nuestra comodidad parece estar por encima de todo.

También están los vecinos y los taxis. Salvo una emergencia, no pueden salir ni entrar en coche atravesando la multitud. Y estamos hablando, al final, de poco más de una hora. Una ciudad puede soportar perfectamente una protesta de ese tiempo; quienes viven en ella también pueden soportar las molestias que inevitablemente genera. Pero una cosa es soportarlas y otra convertirlas en algo permanente.

Y están las terrazas. Antaño se cerraban por solidaridad y, cuando había destrozos, por necesidad. Hoy he observado algo muy distinto: salvo el punto cero, las calles aledañas estaban repletas. Pero no sabría decir cuántas de esas personas estaban realmente apoyando la causa de Ceuta y a cuántas la protesta les cogió por sorpresa mientras paseaban o disfrutaban de una terraza.

Ahí vuelve a aparecer la misma duda: ¿cuántos estaban y cuántos estaban realmente?

Yo vi una ciudad repleta. Pero vi más turismo que personas que hubieran acudido a protestar. Al menos, no sabría diferenciarlas.

Y da pena ver a gente divirtiéndose entre quienes, responsablemente y con tremenda solidaridad, a pesar de la edad, siguen demostrando cómo consiguieron aquello que ahora se está destruyendo.

Porque quizá ese sea el verdadero problema.

Hemos llegado a una época en la que hasta la protesta parece haberse convertido en parte del paisaje. Una concentración en una plaza, gente pasando alrededor, terrazas llenas, turistas mirando, vecinos intentando atravesar la multitud y, al cabo de poco más de una hora, todo vuelve a la normalidad.

Pero hay cosas que no deberían convertirse en paisaje.

Una sociedad, un país, que no protege la propiedad privada, sus fronteras, el bienestar de sus ciudadanos, la igualdad ante la ley, el respeto por la separación de poderes, su democracia y su libertad con uñas y dientes, es una sociedad que está dejando de defender aquello que la sostiene.

Y lo que no se defiende se pierde.

Por eso creo que las protestas deben ser manifestaciones y no simples concentraciones estáticas. No por hacer más ruido, sino para que no haya dudas sobre quién está allí para protestar. Para que la imagen no pueda confundirse con la realidad. Para que las cifras no se puedan utilizar a conveniencia, ni para exagerar el respaldo ni para minimizarlo.

Porque cuando está en juego algo tan importante como la defensa de una sociedad, un país no puede permitirse vivir entre mundos paralelos: unos mirando por curiosidad y otros luchando por responsabilidad.

La libertad, la democracia, la igualdad ante la ley, la propiedad privada, las fronteras y el bienestar de los ciudadanos no se conservan solos. Se defienden.

Y una sociedad que no protege todo eso con uñas y dientes corre el riesgo de que otros ocupen el espacio que ella misma ha decidido abandonar.

Tal como dice Trump: directa a ser absorbida y destruida.

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