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martes, 23 de junio de 2026

NOS HAN ROBADO LA SANIDAD PÚBLICA.

 Primero nos acusaron de saturarla. Ahora nos expulsan de ella mientras políticos y médicos se reparten las culpas y los pacientes pagan las consecuencias.

Aquí ya sobran las palabras. Hay vidas en juego.

Durante años se nos dijo que los ciudadanos abusábamos de la sanidad pública. Que acudíamos demasiado a consulta. Que saturábamos las urgencias. Que el problema éramos nosotros. Los pacientes. Los mismos pacientes que sostienen el sistema con sus impuestos.

Hoy la realidad es mucho peor.

Llamas a tu centro de salud y nadie coge el teléfono. Intentas conseguir una cita y te la dan para semanas o meses después. Necesitas ver a un especialista y te espera una lista de espera interminable. Te programan una consulta y descubres que quizá ni siquiera te atiendan porque hay huelga. Te citan para una prueba diagnóstica cuando el problema ya ha empeorado. Te operan cuando pueden, no cuando lo necesitas.

Y mientras tanto, la gente enferma. La gente empeora. Y sí, la gente se muere.

Esa es la realidad que demasiados responsables se empeñan en ocultar bajo estadísticas, excusas y declaraciones vacías.

Aquí hay culpables. Y son varios.

Son culpables los gobiernos que durante años han dejado degradarse la sanidad pública mientras prometían soluciones que nunca llegaban. Gobiernos incapaces de gestionar uno de los pilares fundamentales del Estado de bienestar. Gobiernos que han permitido que las listas de espera se conviertan en una condena silenciosa para miles de personas.

Pero también son responsables quienes, teniendo la obligación profesional y moral de atender a los pacientes, deciden convertirlos en instrumento de presión.

Porque no estamos hablando de cualquier profesión. No estamos hablando de una fábrica ni de una oficina. Estamos hablando de personas cuya labor afecta directamente a la salud y a la vida de otros seres humanos.

¿Dónde queda el código deontológico cuando un enfermo ve retrasada una atención que necesita? ¿Dónde queda la vocación de servicio cuando miles de pacientes quedan atrapados en un conflicto que no han provocado? ¿Dónde quedan los sindicatos médicos, cuya función debería ser negociar reivindicaciones legítimas sin utilizar a los enfermos como rehenes?

Lo más indignante es que aquí nadie parece responder por nada.

Durante la pandemia se nos pidió aplaudir a los sanitarios desde los balcones. Y muchos merecieron aquellos aplausos. Pero los aplausos no pueden convertirse en una inmunidad permanente frente a cualquier crítica. Los héroes también tienen responsabilidades. Y cuando las decisiones de una parte del colectivo contribuyen al abandono de pacientes, la sociedad tiene derecho a señalarlo.

Porque los pacientes no son daños colaterales.

Son personas que sufren.

Personas que esperan.

Personas que empeoran.

Personas que, en algunos casos, mueren esperando una atención que debería haber llegado mucho antes.

Y mientras tanto, los políticos se culpan unos a otros, los sindicatos lanzan comunicados, las administraciones se justifican y las organizaciones profesionales defienden sus posiciones.

Pero nadie habla de quienes están al otro lado.

Los enfermos.

Los olvidados.

Los que sostienen el sistema y cada día reciben menos de él.

Lo que estamos viendo no es solo una crisis sanitaria. Es una crisis moral. Es el fracaso de quienes tenían la obligación de cuidar, gestionar y proteger un servicio esencial.

Un país que no puede garantizar atención médica en tiempo y forma está fallando en algo fundamental. Un Estado de bienestar que no atiende a sus enfermos deja de ser bienestar. Y una democracia que normaliza que los ciudadanos esperen meses para ser atendidos mientras se cruzan reproches y excusas es una democracia que empieza a descomponerse.

No hay sanidad sin atención a tiempo.

No hay sanidad cuando nadie responde al teléfono.

No hay sanidad cuando conseguir una cita se convierte en una carrera de obstáculos.

No hay sanidad cuando una huelga puede dejar en el aire la atención que necesitas.

No hay sanidad cuando los pacientes dejan de ser el centro del sistema.

Nos dijeron que la sanidad pública era uno de nuestros mayores logros colectivos.

Hoy muchos ciudadanos sienten que se la han robado.

Y lo peor es que algunos pretenden que nos acostumbremos a ello.

Pues no.

Porque cuando hay personas que enferman, empeoran o mueren esperando atención, ya no estamos ante un problema administrativo.

Estamos ante un escándalo nacional.

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