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domingo, 5 de julio de 2026

LA SOCIEDAD NO DESCARTA A LOS MAYORES.RECOGE LO SEMBRADO.

 Muchas veces no es una cuestión de descartes, señora Conchi -y me alegra coincidir con usted en muchos de sus planteamientos-. Es, sencillamente, una cuestión de prioridades. De las prioridades que una sociedad decide darse y de los valores que decide conservar... o abandonar.

Nos escandalizamos cuando vemos a un mayor solo, cuando leemos que ha muerto sin que nadie lo echara de menos o cuando comprobamos que para algunos ya solo representa un gasto. Decimos que la sociedad descarta a los mayores. Yo creo que no.

La sociedad no descarta a los mayores. La sociedad aplica, ni más ni menos, lo que durante años le hemos enseñado, permitido y hasta aplaudido.

Porque todo empieza mucho antes.

Empieza cuando sustituimos la educación en valores por el adoctrinamiento; cuando dejamos de enseñar el respeto para enseñar únicamente derechos; cuando la libertad para pensar y ser uno mismo, siempre que no perjudique a los demás, se transforma en la obligación de pensar como otros quieren.

Empieza cuando el esfuerzo deja de ser un mérito y pasa a considerarse un castigo; cuando la disciplina desaparece de las aulas para no molestar a algunos padres; cuando es más importante que nadie se frustre que preparar a nuestros hijos para afrontar la vida.

Empieza cuando el mérito se cambia por las cuotas; cuando el seso deja paso al sexo; cuando la solidaridad, la humanidad y la sensibilidad se confunden con la irresponsabilidad; cuando el agradecimiento, la educación, el saludo y el respeto dejan de tener valor.

Empieza cuando el ocio importa más que el trabajo bien hecho; cuando viajar parece más importante que cumplir con la palabra dada; cuando solo hablamos de derechos y cada vez menos de deberes y obligaciones.

Y también empieza cuando la ideología pesa más que España; cuando algunos son capaces de justificar cualquier pacto, con quien sea y al precio que sea, únicamente por mantenerse en el poder.

No es una suma de hechos aislados.

Es un modelo de sociedad.

Después llegan las consecuencias.

Vemos pueblos donde los vecinos ya ni se conocen ni se saludan. Edificios donde las puertas son cada vez más blindadas y los muros más altos. Ascensores en los que miramos al suelo para evitar decir un simple "buenos días". Familias que viven a pocos kilómetros y apenas se ven.

Luego hablamos de la soledad.

Pero la soledad no empieza a los ochenta años.

Empieza cuando dejamos de necesitar a los demás.

También vemos cómo se cuestiona a jueces, policías o guardias civiles cuando investigan al poder. Y lo más grave es que muchas veces quienes los desacreditan son precisamente quienes deberían defender la independencia de las instituciones.

En una democracia sana, que un gobernante sea investigado debería ser motivo de tranquilidad, no de escándalo. Si nada ha hecho, nada tiene que temer.

Sin embargo, hemos llegado a aceptar como normales los indultos, las amnistías o los privilegios concedidos a corruptos, delincuentes y fugados cuando resultan necesarios para conservar una mayoría parlamentaria.

El mundo al revés.

Y cuando el mundo se pone del revés, resulta muy difícil pedir a la sociedad que siga distinguiendo con claridad entre el bien y el mal, entre el mérito y el privilegio, entre la justicia y la conveniencia.

Los gobiernos no solo gobiernan. También educan.

Y cuando quienes deben dar ejemplo enseñan que todo vale para conservar el poder, no deberían sorprenderse de que muchos ciudadanos terminen pensando exactamente lo mismo.

Pero sería demasiado fácil culpar solo a la política.

Nosotros también tenemos nuestra parte de responsabilidad.

Los mayores estamos, en parte, cobrando la sociedad que ayudamos a construir.

Porque quisimos dar a nuestros hijos una vida mejor que la nuestra, y lo conseguimos. Les dimos democracia, libertad, universidades, sanidad, pensiones, bienestar y oportunidades que nosotros jamás tuvimos.

Muchos empezamos a trabajar siendo casi unos niños. Quienes estudiaban lo hacían de noche después de trabajar durante el día. Nadie nos regaló nada. Cada paso costaba esfuerzo.

Quizá precisamente por eso quisimos evitarles ese sacrificio. Les dimos todo. Tal vez demasiado.

Les protegimos tanto que, sin querer, olvidamos enseñarles que la vida también exige renuncias, responsabilidades y gratitud.

Hoy algunos dicen que los mayores ya no somos útiles. Qué curioso. Sí fuimos útiles para mantener a muchos hijos hasta bien entrada la treintena. Seguimos siendo útiles para cuidar nietos mientras sus padres trabajan. Seguimos siendo útiles cuando una pensión sostiene a toda una familia. Seguimos siendo útiles cuando hay que escuchar, acompañar o simplemente estar.

Pero parece que solo nos recuerdan cuando llega el momento de votar.

Y eso también debería hacernos reflexionar.

Hace unos días vi a una representante de pensionistas defendiendo al presidente del Gobierno, a su entorno y todas las polémicas que les rodean, hablando como si representara a todos los jubilados de España. No. Representará, como mucho, a quienes piensan como ella. Los mayores no necesitamos portavoces ideológicos.

Necesitamos personas con criterio, independencia y personalidad. Personas que hablen desde la experiencia, no desde la obediencia; que sean capaces de reconocer lo que está bien y denunciar lo que está mal, gobierne quien gobierne.

Los mayores no debemos resignarnos. Tampoco debemos limitarnos a pedir compasión. Tenemos algo mucho más valioso que ofrecer: experiencia, memoria, serenidad y libertad. La libertad que da haber vivido lo suficiente para no depender de consignas ni de aplausos.

Todavía estamos aquí.

Y mientras estemos aquí seguiremos recordando que una sociedad no se construye solo con derechos, sino también con deberes; no solo con libertad, sino también con responsabilidad; no solo con bienestar, sino también con esfuerzo.

Porque los mayores no somos el problema. Somos el espejo.

Y cuando ese espejo devuelve una imagen que no nos gusta, quizá ha llegado el momento de dejar de culpar al reflejo y empezar a preguntarnos qué sociedad hemos construido entre todos.

Porque una sociedad que deja de respetar a sus mayores no está descartando únicamente a quienes levantaron este país.

Está empezando a descartarse a sí misma.

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