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miércoles, 29 de abril de 2026

CUANDO EXPULSAMOS EL HOMBRE DEL CAMPO

 Durante años se nos dijo que para proteger la naturaleza había que apartar al ser humano. Hoy, con los pueblos vacíos, los montes abandonados y los ecosistemas cada vez más desequilibrados, resulta evidente que aquella idea, convertida en dogma, ha traído consecuencias contrarias a las prometidas.

Se instaló la creencia de que el hombre era el gran enemigo de la naturaleza y que, por tanto, la solución consistía en reducir su presencia en montes, ríos y campos. Se limitaron actividades tradicionales, se dificultó la ganadería extensiva, se restringió la caza y se multiplicaron las trabas para quienes vivían del campo. Todo ello se presentó como una apuesta por la conservación y la sostenibilidad.

Sin embargo, la realidad demuestra que muchas de esas decisiones han generado el efecto contrario.

Nuestros ríos están hoy aparentemente más limpios, pero cada vez son menos ricos en vida. En muchos lugares han desaparecido las truchas y los salmones que durante generaciones formaron parte del equilibrio natural. Los campos de cultivo ya no producen como antes y donde antes había tierra trabajada hoy crecen maleza y abandono, convertidos en combustible para incendios. La ganadería extensiva, que mantenía limpio el monte y fijaba población, se vuelve cada vez más inviable, asfixiada por normativas, trabas administrativas y por la proliferación de especies salvajes que atacan explotaciones sin que existan mecanismos eficaces de control.

Mientras tanto, desaparecen silenciosamente muchas especies que eran habituales en el entorno rural. Cada vez se ven menos golondrinas, menos jilgueros, menos lagartos, menos sapos, menos ranas, menos culebras. Se pierden nidos, desaparecen frutos y se degrada la biodiversidad cotidiana que agricultores y ganaderos ayudaban a sostener con su trabajo diario.

La paradoja es evidente: en nombre de la protección ambiental, se ha debilitado precisamente a quienes mantenían vivo el equilibrio rural.

Durante siglos, agricultores y ganaderos no fueron una amenaza para la naturaleza, sino una parte esencial de ella. Su actividad limpiaba montes, mantenía caminos, regulaba el territorio y sostenía ecosistemas productivos y biodiversos. Allí donde había presencia humana responsable existía equilibrio. Allí donde hoy solo hay abandono, aparecen incendios, plagas, desequilibrios y pérdida de biodiversidad real.

El problema es que se ha impuesto una visión ideológica y romántica de la naturaleza, como si bastara con dejarla sola para que todo se ordenara de manera espontánea. Pero la naturaleza abandonada no siempre se autorregula; muchas veces se degrada.

Lo que vemos es una sustitución del equilibrio por el descontrol. No hay más biodiversidad: hay desequilibrios. No hay más riqueza natural: hay abandono. Algunas especies ocupan espacios sin regulación mientras retroceden muchas otras. El resultado final no es una naturaleza más sana, sino un medio rural más frágil y cada vez menos habitable para las personas.

Y cuando estos desequilibrios se agravan, las mismas administraciones que durante años promovieron políticas de inacción terminan reaccionando tarde y de forma drástica. Ya está ocurriendo en otros países, donde determinadas especies se han convertido en un riesgo para la población y se plantean controles masivos tras años de pasividad. Primero se impide gestionar; después se actúa de forma extrema cuando el problema ya es insostenible.

Ese es el resultado de dejar la gestión de los recursos naturales en manos de ocurrencias ideológicas, teorías simplistas y visiones alejadas del territorio real. Décadas de discursos bienintencionados, pero desconectados del campo, solo podían conducir a esto.

La conservación del medio natural exige conocimiento, experiencia y sentido práctico. Exige escuchar a quienes viven en el territorio y entienden que proteger no significa abandonar. Porque el campo no necesita menos ser humano: necesita más gestión humana, más equilibrio y más sentido común.

Quizá aún estemos a tiempo de corregir el rumbo. Pero para hacerlo primero hay que reconocer el error: expulsar al hombre del campo no ha salvado la naturaleza; en muchos casos la ha dejado sin quien la cuide.

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