Una organización decadente y ensimismada
Asambleas y renovaciones no servirán de nada si la ONU no hace autocrítica y entiende que debe volver a cumplir mejor sus funciones básicas.
Nueva York se dispone a celebrar otra vez la gran liturgia anual de Naciones Unidas. El martes comienza el debate general de la 81ª Asamblea, con decenas de jefes de Estado y de Gobierno y una sucesión de discursos sobre la paz, el desarrollo y el futuro de la humanidad. El lema elegido resulta revelador: «Restaurar la confianza, gestionar la transformación: una ONU que cumpla para todos». Restaurar la confianza presupone admitir que se ha perdido.
Naciones Unidas conserva funciones imprescindibles. Sus agencias actúan donde pocos pueden hacerlo, sus organismos técnicos facilitan una cooperación internacional necesaria y la ONU sigue ofreciendo el único foro verdaderamente universal donde pueden encontrarse Estados enfrentados. Pero precisamente porque el mundo necesita ámbitos eficaces de cooperación es necesario reconocer que la organización se ha convertido también en una enorme burocracia internacional, costosa, autorreferencial y demasiado alejada de las preocupaciones de quienes la financian.
Existe una distancia creciente entre el mundo real y la ONU. Mientras millones de familias de África, Asia o Iberoamérica reclaman seguridad, escuelas eficaces, oportunidades económicas, instituciones estables y servicios básicos, el sistema multilateral ha ampliado su radio de acción hasta pretender intervenir en casi cualquier dimensión de la vida humana. La Agenda 2030 ejemplifica esa inflación de objetivos. Muchas de sus aspiraciones son nobles, pero su traducción en 17 objetivos y una multitud de metas ha alimentado una maquinaria de conferencias, informes, indicadores y burocracias de eficacia muy discutible. A menos de cuatro años de 2030, solo el 18 por ciento de las metas evaluables de los Objetivos de Desarrollo Sostenible está en vías de cumplirse o ya se ha alcanzado, mientras otro 18 por ciento ha retrocedido respecto a 2015.
Esta hipertrofia sería menos preocupante si la ONU demostrase una capacidad semejante para cumplir su misión primordial. Sin embargo, el Consejo de Seguridad permanece bloqueado ante algunos de los principales conflictos, mientras las guerras de Ucrania, Oriente Próximo o Sudán exhiben crudamente sus límites. La paradoja es evidente: cuanto más amplía la ONU el catálogo de problemas sobre los que pretende ejercer influencia, menor parece su capacidad para responder a aquello para lo que fue creada.
A ello se añade una cultura institucional con escasos incentivos para la austeridad y la autocrítica. El entramado de sedes, agencias, programas y organismos ha consolidado una clase funcionarial dotada de remuneraciones, complementos, inmunidades y condiciones muy alejadas de las que disfrutan los ciudadanos que sostienen el sistema con sus impuestos. La crisis financiera no puede explicarse únicamente por la morosidad de los Estados: debería obligar también a preguntarse qué estructuras siguen siendo necesarias, cuáles se duplican y cuáles deben desaparecer. En marzo de 2025, solo 75 de los 193 miembros habían abonado íntegramente sus contribuciones al presupuesto ordinario.
El final del mandato de António Guterres ofrece por ello una oportunidad excepcional. La carrera para sucederle ya está abierta y Rebeca Grynspan encabeza los sondeos informales del Consejo de Seguridad. Después de diez años, Guterres no ha logrado la reforma estructural que necesitaba la institución ni recuperar su autoridad. Sería otro error convertir ahora su sucesión en una mera discusión sobre cuotas geográficas o identitarias. El próximo secretario general necesita un mandato distinto: adelgazar la administración, auditar programas, eliminar duplicidades, revisar privilegios y concentrar recursos en las funciones que solo una institución universal puede desempeñar. Deberá además adaptar la organización a desafíos reales como la inteligencia artificial, la ciberseguridad, las pandemias, la proliferación nuclear y tecnológica y la nueva rivalidad entre potencias. La ONU no necesita otra refundación retórica, sino límites, eficacia y rendición de cuentas. El multilateralismo seguirá siendo necesario, pero no a cualquier precio. Una organización que pretende ocuparse de todo termina respondiendo de muy poco.
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