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sábado, 1 de agosto de 2026

NO ME CREO A SÁNCHEZ NUNCA.

 No me creo absolutamente nada de lo que diga o haga Pedro Sánchez. En mi opinión, ha convertido cada crisis en una oportunidad para reforzar su imagen y mantenerse políticamente a flote. Cuanto peor es la situación, más intenta presentarse como el dirigente imprescindible. Ahora volverá a aparecer con gesto serio, rostro compungido y un discurso solemne para atribuirse el papel de salvador. Pero un gobernante no se mide por cómo actúa cuando las cámaras están encendidas, sino por su capacidad para evitar que los problemas lleguen a convertirse en crisis.

La inteligencia de un país no puede ignorar una presión migratoria de gran magnitud ni esperar a que la situación estalle para reaccionar. La seguridad nacional no admite improvisaciones ni estrategias de comunicación. Exige previsión, firmeza y responsabilidad.

Hoy veremos, una vez más, al Pedro Sánchez de las grandes escenificaciones: el presidente que aparece cuando el problema ya es imposible de ocultar para presentarse como la solución. Sin embargo, para muchos españoles su credibilidad está agotada. La confianza no se recupera con discursos, sino con coherencia, y la coherencia ha sido, a mi juicio, una de las grandes ausencias de este Gobierno.

Después de años de políticas que muchos consideran favorecedoras del efecto llamada, de regularizaciones muy discutidas y de decisiones que han provocado una enorme fractura política y social, ahora pretende transmitir una imagen de firmeza. Resulta significativo que ese giro llegue cuando países como Italia, Finlandia y otros socios europeos reclaman una política migratoria más estricta y un mayor control de las fronteras exteriores de la Unión Europea. La propia presidenta de la Comisión Europea también ha insistido en la necesidad de reforzar la protección de las fronteras y combatir a las mafias que trafican con seres humanos.

Da la impresión de que, cuando Europa endurece el discurso, Pedro Sánchez modifica el suyo. Si ahora considera imprescindible actuar con firmeza, muchos ciudadanos se preguntan por qué no lo hizo antes.

Lo dije hace tiempo y lo sigo diciendo: no considero creíble a Pedro Sánchez, ni para bien ni para mal. Creo que ha antepuesto demasiadas veces su permanencia en el poder al interés general. Esa percepción no nace de un solo episodio, sino de una larga sucesión de decisiones que, a juicio de muchos ciudadanos, han debilitado la confianza en su Gobierno. Quien es capaz de regalar inmunidad a corruptos, delincuentes y fugados para aferrarse al cargo, hará lo que sea para seguir conservándolo.

España no puede permitirse políticas improvisadas en cuestiones tan sensibles como la inmigración, la seguridad o la protección de las fronteras. Somos una de las principales puertas de entrada a Europa y cualquier error tendrá consecuencias no solo para nuestro país, sino para toda la Unión Europea.

El Estado del bienestar no es infinito. La sanidad, la educación, la vivienda, la seguridad y los servicios públicos tienen límites que cualquier Gobierno responsable debería reconocer y gestionar con seriedad.

También existe una contradicción que merece una reflexión profunda. España ha avanzado en la defensa de los derechos de las mujeres, de la igualdad y del colectivo LGTBI. Son principios que forman parte de nuestro modelo democrático. Pero precisamente por eso debemos exigir que toda persona que llegue a nuestro país respete esos mismos valores.

Integrar no significa renunciar a nuestra cultura democrática ni mirar hacia otro lado cuando determinadas costumbres o ideologías chocan frontalmente con los derechos y libertades que tanto ha costado conquistar.

Lo ocurrido en Ceuta, debería provocar una reacción firme de toda la Unión Europea. No es un problema exclusivamente español; es un desafío europeo. Las fronteras exteriores de Europa no pueden depender de la improvisación ni de cálculos políticos de corto plazo.

Termino como empecé: yo no creo a Pedro Sánchez. En mi opinión, ha demostrado demasiadas veces que la comunicación política pesa más que la autocrítica y que la supervivencia en el poder ha sido una prioridad constante.

España necesita dirigentes que inspiren confianza por sus hechos, no por sus discursos; que prevengan las crisis en lugar de administrarlas; que gobiernen pensando en el interés general y no en la siguiente encuesta.

Porque un país serio no puede vivir permanentemente de la propaganda. Necesita liderazgo, credibilidad, responsabilidad y un Gobierno capaz de anticiparse a los problemas y hacerse respetar por Marruecos y por quien fuera preciso, no de utilizar esos problemas cuando ya es demasiado tarde.

España debe volver a situarse, sin complejos, junto a las democracias que defienden con firmeza el Estado de derecho, la igualdad ante la ley, la independencia judicial y la separación de poderes. Esos principios no son negociables; son los pilares de cualquier democracia sólida.

La solidaridad es un deber moral, pero también exige responsabilidad. Un Gobierno tiene la obligación de atender primero las necesidades de sus ciudadanos: que ningún mayor muera en la soledad o sin una atención digna; que las residencias ofrezcan la calidad que merecen quienes levantaron este país; que nuestros jóvenes puedan acceder a una vivienda sin que sea un lujo inalcanzable; que la sanidad pública responda con eficacia; que el coste de la vida no expulse a las familias de sus barrios; y que las políticas de vivienda permitan a nuestros hijos construir un proyecto de vida antes que favorecer dinámicas como un turismo invasor que agraven la escasez de vivienda.

La inmigración debe abordarse con humanidad, pero también con orden, control y sentido común. España necesita una política migratoria que garantice el control de las fronteras, combata a las mafias que trafican con personas y favorezca una integración real.

Quien venga a vivir a nuestro país debe hacerlo de forma legal, aceptando nuestras leyes, respetando nuestra cultura democrática, la igualdad entre hombres y mujeres, la libertad y los derechos que definen nuestra convivencia.

Integrar no es abrir las puertas sin condiciones; es construir una sociedad cohesionada donde existan derechos, pero también deberes para todos.

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