No es fácil hablar de un tema así. No estamos hablando de niños sin padres. La prueba es que, tras la avalancha que intentó entrar en Ceuta y dejó casi un centenar de muertos, muchos padres y familiares desde Marruecos y otros países buscan saber qué ha sido de sus hijos. Eso nos sitúa de lleno ante la contradicción de nuestras leyes sobre menores.
Si los padres son los responsables legales de sus hijos, ¿por qué cuando se trata de inmigración basta con declarar que un menor lo es para que España asuma automáticamente esa responsabilidad, sin exigir a las autoridades de su país que localicen a sus familias y les hagan cumplir con sus obligaciones?
¿Hasta cuándo y cuántos estamos dispuestos a seguir asumiendo esa responsabilidad? Conviene recordar que África y Asia suman cientos de millones de menores. La mayoría no procede de países en guerra ni tiene la condición de refugiado. Porque, si acabamos llamando refugiado a todo aquel que llega desde un país más pobre, aunque sus gobernantes vivan rodeados de privilegios, estaremos aceptando un modelo imposible de sostener. Ningún Estado del bienestar soporta una presión ilimitada.
Creo que nuestros dirigentes han gestionado este asunto de forma desastrosa. Los españoles ya los conocemos, están tirados al monte, les rodea la corrupción y saben su final en el poder, temen perderlo, cuanto peor todo, mejor para ellos. Pero también los de la Unión Europea, empezando por su presidenta. La Europa que conocimos puede desaparecer en pocos años si sigue incapaz de controlar sus fronteras y de exigir integración. Lo que vemos en demasiados barrios europeos no es integración, sino comunidades cerradas que reproducen las costumbres y estructuras sociales de sus países de origen. Es un problema que la Unión Europea debería afrontar con urgencia.
Aquí no sirven la moralina, el puritanismo ni los eslóganes. Hay que hablar de responsabilidad. Y también de solidaridad, pero en origen, no en destino.
Lo explico con un ejemplo sencillo. Si usted vive dignamente, tiene una buena vivienda y puede ofrecer bienestar a sus hijos, mientras otras familias de su entorno sobreviven con enormes dificultades, la solución no consiste en que esas familias ocupen su casa hasta destruir el bienestar de todos. La solución pasa por ayudarles para que puedan prosperar donde están, sin arruinar lo que funciona. Y, cuando hagan falta trabajadores, incorporarlos de forma ordenada, legal y conforme a las necesidades reales.
No sé si consigo explicarme, porque ya advertí que no es un asunto fácil. En cuanto uno plantea estas dudas, enseguida es señalado como inhumano. Y, sin embargo, creo que el verdadero error consiste en repartir un bienestar limitado hasta que deje de existir para todos: para quienes ya están, para quienes llegan y para quienes seguirán llegando atraídos por un efecto llamada.
Confieso que, después de escuchar durante tanto tiempo al Gobierno y a quienes respaldan esta política, uno llega incluso a preguntarse si es un desalmado por pensar así. Yo creo que no. No considero que eso sea humanidad; considero que es irresponsabilidad.
Y, por encima de todo, sigo creyendo que los niños deben estar con sus padres.
Sé que este debate incomoda. En cuanto alguien plantea estas cuestiones, enseguida es acusado de insolidario o de inhumano. Pero discrepar de una política migratoria no equivale a despreciar a las personas. Significa preguntarse si el camino elegido es realmente el más justo y el más responsable.
Porque la verdadera humanidad no consiste en prometer lo imposible ni en alimentar expectativas que ningún país puede sostener indefinidamente. La verdadera humanidad consiste en proteger a los menores, exigir que sus familias asuman sus responsabilidades cuando sea posible, combatir las mafias que trafican con personas y desarrollar políticas que ayuden en origen en lugar de convertir la inmigración irregular en la única esperanza.
Lo contrario no es solidaridad. Es irresponsabilidad. Y esa irresponsabilidad la acabarán pagando quienes ya están, quienes llegan y quienes llegarán después.
Y hay una convicción que debería estar por encima de cualquier ideología: siempre que sea posible, un niño debe crecer con sus padres, no sustituirlos por el Estado.
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