Cuando pienso que ya han salido a la luz todos los escándalos que terminan desacreditando al gobierno vigente y no puede aparecer algo de mayor impacto, salta el entramado de Zapatero, una red de corrupción internacional que lleva años cociéndose, mientras el ciudadano medio madruga cada mañana para afrontar una intensa jornada laboral, hace malabarismos para llegar a fin de mes, paga religiosamente sus impuestos, vive con sus padres porque no puede pagar el alquiler y tantas cosas más que harían interminable esta breve reflexión. Bien es verdad que de momento solo tendrá que declarar como imputado, pero dice el refrán que «cuando el río suena agua lleva» y en este caso suena mucho…
Pues cuanto más conozco esta repugnante trama de quien para muchos ha sido un referente, más me reafirmó en la importancia de ser buena persona. Al mismo tiempo, cada vez tengo más claro lo que no quiero ser y detesto. Y es —entre otras muchas cosas— la mentira que enreda y se hace cada vez más grande envolviendo la realidad hasta transformarla, sin asumir, sin reconocer, en una huida hacia adelante nunca vista en tantos años de Democracia, aunque en todo este tiempo haya habido personas de distintos signos políticos que —abusando del poder— se dejaran corromper.
Sí, «ser buena gente»: Personas íntegras, que viven con honestidad y de un trabajo honrado. Que se mueven en el marco de unos principios sólidos. Que procuran ser coherentes con esos valores, actuando con rectitud y verdad, incluso cuando nadie las ve.
Sumario: El entramado de Zapatero
Destacado: Personas íntegras, que viven con honestidad y de un trabajo honrado; que se mueven en el marco de unos principios sólidos; que procuran ser coherentes con esos valores, actuando con rectitud y verdad, incluso cuando nadie las ve
Y la «buena gente» tiene palabra y —como no tiene nada que ocultar—, duerme con la conciencia tranquila. Y, si en algo se equivoca o se tuerce, lo reconoce y rectifica lo que sea necesario, porque actúa en conciencia, haciendo lo bueno y justo —sin dañar a otros—, asumiendo la responsabilidad de los actos personales.
Qué bien nos lo describe Mario Benedetti en su poema La gente que me gusta para quien «la sensibilidad, el coraje, la solidaridad, la bondad, el respeto, la tranquilidad, los valores, la alegría, la humildad, la fe, la felicidad, el tacto, la confianza, la esperanza, el agradecimiento, la sabiduría, los sueños, el arrepentimiento y el amor para los demás y propio son cosas fundamentales para llamarse GENTE».
Creo que esto no ha hecho más que empezar. Así que cuando nos vayamos enterando del fondo que se sumerge tras esta «punta del iceberg», procuraré, con más ahínco, ser de esa gente que le gusta a Benedetti y actuar en consecuencia.
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