El jefe seguirá siendo Sánchez, el banco los españoles, la guarida el Gobierno. Todo en perfecta armonía para un espectáculo que no necesita guion: la política en España, en su versión más cruda y real, se sigue escribiendo en clave de supervivencia y oportunismo.
Se llamarán la banda de Rufián, y la verdad es que lo único que saben unir es el fracaso. Cada elección pierden apoyo, cada día se despega un voto más de sus manos, y aun así deciden juntarse como si sumar su mediocridad fuera un plan maestro. No se dan cuenta: en democracia, quien pierde debería marcharse antes de que te echen, no te dediques a buscar consuelo bajo la sombra de otro.
Sin votos propios, lo decente sería desaparecer. Pero no: ellos viven de la política como si España fuera su cortijo privado, mientras los ciudadanos pagan la factura. El banco son los españoles, y ellos, encantados, se mantienen como sombras útiles del poder, chupando oxígeno político ajeno y prolongando su irrelevancia con una sonrisa de autosuficiencia.
Ahora, todos los cómplices de Sánchez -Podemos, Sumar, ERC, Verdes, feministas, independentistas menores, IU, ecologistas, animalistas...- deciden abrazarse entre sí en un festival de mediocridad. Se buscan, se unen, se cobijan, como murciélagos pegados al poder, felices de seguir siendo las tontas útiles que sostienen la maquinaria del jefe. Cada amagüesto electoral es un recordatorio de su dependencia y su fracaso.
Quien se cobija debajo de una hoja dos veces se moja. Ellos ya van empapados, bajo el cobijo temporal de Sánchez, que sigue siendo el jefe, mientras ellos aplauden su propia irrelevancia. Cada escaño conseguido es celebrado como si fueran logros, cuando en realidad solo perpetúan su papel de comparsa en un Gobierno que ya tiene dueño.
No merecen pena. Que corran, que chillen, que bailen su danza de inútiles. España sigue girando, aunque ellos permanezcan empapados y orgullosos de su fracaso. Sobrevivir al fracaso no es política; es espectáculo. Y la banda de Rufián domina ese escenario con la misma precisión con la que un niño rompe un castillo de naipes: con desparpajo, sin sentido y completamente inevitable.
¡Váyanse! Su fracaso alimenta a Sánchez, su irrelevancia divide al pueblo. Basta de ridiculizar la política y envenenar la convivencia.
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