Conocí a A. ejerciendo yo como voluntaria del "punto de apoyo" a los mayores y contra la soledad no deseada de los PP Capuchinos de Gijón. Desde el primer momento me llamaron la atención su dignidad, su silencio, su discreción y su sabiduría, que se asomaba en sus intervenciones en el tiempo que dedicamos a la "estimulación cognitiva" y pese a que A. tiene una voz muy muy frágil a consecuencia de su enfermedad: el párkinson. Por él va en silla de ruedas, porque su autonomía personal ya es pasado. Sufre, sin quejarse, un aislamiento, porque por su hilo de voz es difícil comunicarse con ella si tu audición ya está comprometida. Su mente, por contra, es lúcida y preclara.
No conozco mucho a A., solo lo que obtengo de sus breves e inteligentes respuestas cuando se le pregunta en el grupo dentro de la segunda parte de la actividad diaria, a la que A. acude siempre, salvo que su párkinson se lo impida.
Y conozco lo que me enseña mientras conversamos a solas. Siempre merece la pena oír la voz tenue de A. y ver su cara, a la que el párkinson ha borrado expresión, mientras lo hace pausadamente, serena, convencida, tolerante...
A A. no le gusta hablar del pasado que hace daño. Ni le gusta recordar que fue profesora universitaria, porque su enfermedad eliminó aquella persona. Le gusta el presente, le gusta hablar de esperanza, de saber esperar, de ver siempre con cristales positivos una vida que ella ve de colores, muchos, no solo el negro.
A., ahora, ya confía en que la quiero y no por pena, sino por ella misma, porque también la admiro por cómo consigue, la mayoría de las veces, llevar la vida -como la canción- "cogida del talle".
A. tiene nombre de país hermano que baila tangos y que no se rinde. A. me repite siempre que tiene cabeza y que aún sus manos le permiten tomar un libro para leer y hacer alguna que otra cosa; ella es un ejemplo para todos.
Y este reconocimiento es para A. y muy merecido, pese a su humildad y discreción. Con A. recordé lo que escribiera Viktor E. Frankl: "Ante nosotros teníamos una cantidad de sufrimiento que debíamos soportar, así que era preciso hacerle frente procurando que los momentos de debilidad y de lágrimas se redujeran al mínimo. Pero no había ninguna necesidad de avergonzarse de las lágrimas, pues ellas testificaban que el hombre era verdaderamente valiente; que tenía el valor de sufrir...". Frankl lo escribía preso en un campo de concentración nazi.
Querida A., como la canción: "No llores por mí, Argentina, mi alma está contigo, mi vida entera te la dedico, mas no te alejes... te necesito".
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