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viernes, 26 de abril de 2013

EL PARO DUELE MÁS QUE EL ACOSO AL CONGRESO

 
Los alborotadores en torno al Congreso de los Diputados, al amparo de una mayoría incompatible con la violencia, no tienen ni de lejos la capacidad desestabilizadora que ejercen, por ejemplo, la corrupción política, los seis millones de parados, el creciente desprestigio de las instituciones o el desaliento de los españoles ante un horizonte cada vez más negro. Sin embargo, la agitación callejera de la tarde-noche de ayer es un celebradísimo pretexto para impartir lecciones de democracia.
Por pretextos no quedará. Desde los escraches hasta los puñetazos de Xosé Manuel Beiras sobre la tribuna del Parlamento gallego. O las declaraciones de Gonzalo Moliner, presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial. Ha sido cosa de ver y oír el alarde de conocimientos jurídicos exhibido por ciertos opinadores ante la asimilación del escrache a una forma de ejercer el derecho de manifestación, tal y como la formuló el mencionado señor Moliner, sin justificar la intimidación ni la violencia, como tuvo que precisar ayer mismo. Algún necio ha habido por ahí tratando de explicar al magistrado, con cuarenta y tantos años de plena dedicación a la Judicatura, que el acoso a los diputados del PP debe considerarse un ataque a la soberanía nacional.
 
Si es una enormidad acusar al presidente del Tribunal Supremo de estar legitimando esas formas de protesta callejera, no lo es menos otra de amplia circulación en sectores políticos y mediáticos de la derecha desinhibida. Me refiero a la que ha dado en considerar un intento de golpe de Estado el 'asalto' de ayer a un Congreso de los Diputados preventivamente amurallado por las fuerzas del orden. No tan lejos ha ido la reacción oficial del partido en el poder, pero se ha quedado cerca. Ahí está el llamamiento de su vicesecretario general, Carlos Floriano, a defender la soberanía nacional y las instituciones democráticas, amenazadas, según él, por “la izquierda radical”. Ya sabíamos que han sufrido serios desperfectos de imagen y concepto, aunque no por los bastonazos de la izquierda radical.
 
Un Bárcenas o un Urdangarin hacen más daño a la Democracia que cuarenta intentos de asalto al Congreso, justa y legítimamente impedidos por las fuerzas policiales. Para eso están. Y por muy arrebatadora que sea la pasión por la libertad de la numero dos del PP, María Dolores de Cospedal, es inadmisible su odiosa comparación de los agitadores de Ana Colau con los nazis de Hitler. Como ya escribí la semana pasada, es una barbaridad ignorar el contexto y reducir la motivación solidaria del movimiento antidesahucios a un resabio fascista.
Lo entiendo como una forma de desviar la atención de los problemas de fondo que tiene España y quienes la gobiernan. Por ejemplo, ese récord histórico de paro que conocimos ayer. O ese millón largo de puestos de trabajo destruidos desde que Mariano Rajoy llegó a la Moncloa con la promesa de enderezar el desastre del Gobierno Zapatero. La herida del paro. Eso duele más. Eso es lo que realmente daña la Democracia, y no los cuatro chicos de la gasolina que anoche practicaron la kale borroka en el centro de Madrid.

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