Gran artículo de LA NUEVA ESPAÑA que clarifica muy bien los salarios de los médicos, para que quede claro que no están tan mal.
Esto demuestra que no se deberían permitir huelgas que dinamiten aún más los cimientos de nuestra sanidad pública -no la de ellos-. Cada huelga supone debilitar todavía más un sistema que ya hace tiempo que muestra síntomas evidentes de agotamiento.
Disponen de liberados sindicales y de organizaciones profesionales para negociar todas sus reivindicaciones sin poner aún más en riesgo la vida y la salud de tantos pacientes.
Es intolerable que, a día de hoy, incluso cueste que el médico de cabecera te coja el teléfono y que, cuando finalmente lo hace, te dé una cita telefónica para varios días después.
Las listas de espera que sufren los enfermos son, sencillamente, escandalosas. Un verdadero despropósito en muchas especialidades y pruebas diagnósticas. Y cuando por fin se llega al diagnóstico, en demasiadas ocasiones ya es tarde para poner remedio. Leemos -y parece que ya casi lo asumimos con normalidad- casos de enfermedades como el cáncer que soportan esas listas de espera sin que a nadie parezca preocuparle el riesgo de vida que corren esos pacientes.
Señores profesionales de nuestra sanidad: si no es culpa suya, ustedes saben perfectamente de quién es, porque están dentro del meollo de la cuestión. Pongan las soluciones sobre la mesa o digan claramente dónde están los problemas.
Porque para llegar tarde, o tener que acabar pagando la sanidad privada -a veces al mismo médico que debería atenderte en la pública-, no hace falta mantener este enorme armatoste público que no cuesta precisamente poco.
Este sistema no es su cortijo particular. Son servidores públicos al servicio de los ciudadanos. No está para que lleguen antes los familiares, conocidos o recomendados de nadie. Es de todos los españoles, y a ellos se deben. Y, como bien señala este artículo de LA NUEVA ESPAÑA, sus condiciones siguen siendo privilegiadas si se comparan con las de la mayoría de trabajadores y profesionales de este país.
Saben perfectamente que la suya sigue siendo una de las profesiones más respetadas y valoradas por la sociedad, junto con las Fuerzas Armadas. Todavía están a tiempo de ayudar a darle la vuelta a este desastre organizativo.
No es posible que algo que hace años fue motivo de orgullo y referencia internacional -la sanidad pública española- hoy deambule entre retrasos, desorganización y desatención constante.
Señores: pongan sobre la mesa las necesidades reales y las trabas que impiden el buen funcionamiento del sistema. Si no, habrá que cerrarlo todo y empezar de nuevo, con nuevos profesionales, nuevos gestores y nuevas direcciones.
Esto no puede seguir así. Entre todos la matamos y ella sola se murió.
Al final resulta que les pagamos media vida para que estudien y luego la otra media vida para que trabajen. Y no habría ningún problema en hacerlo si la sanidad funcionara como antes: sin listas de espera eternas y sin tener que dar gracias simplemente porque te cojan el teléfono en el centro de salud.
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