El Presidente, que quiere darnos lecciones de amor, empieza por dárnoslas de ortografía: "Hodio", con H. Y güebos, con B, como se pronuncia. Una manera progre de eliminar barreras sociales: las faltas de ortografía discriminan. En Psicología nos enseñaron que la sensación es "algedónica": entre el dolor y el placer no hay cesura neutra. Toda sensación (táctil, visual, sonora, olfativa...) es placentera o desagradable. Duele o da gusto.
El amor y el odio no son sensaciones, son sentimientos. Con que el odio no sea un sentimiento sano puede haber consenso. Otra cosa es pedir que amemos todo lo que no odiamos. Eso es lo que Sánchez pide: que le quiera la gente que detesta sus comportamientos odiosos y a la que ha puesto tras un muro. Él mismo predica con el ejemplo: quiere tanto a la presidenta de Madrid que, si fuera taxidermista, hace tiempo que la exhibiría en una vitrina. Entre el amor y el odio se abre un trecho extenso, susceptible de alojar la indiferencia, el desdén, el rechazo, la oposición combativa.
Cuando llegó a la Moncloa, en cuanto cambió el colchón, llamó a su flamante ministro de Cultura, que es el que sabe de esas cosas, para preguntarle cómo pasaría a la historia. El colchón viejo se lo regaló al Padre Ángel, que se lo llevó encantado, no sin antes hacerse la consabida foto tras la pareja presidencial, con la indefectible bufandina tricolor (roja, colorada y roja). Cuando salía con su botín de paz, en el zaguán se cruzó con Pumpido, que venía a recoger la Constitución para llevársela a casa y hacer teletrabajo.
Pero a lo que íbamos. En la historia entran demasiados y de muchas maneras. Una mañana de 1806, en Jena, Georg Wielhelm Friedrich Hegel, que debía de estar regando los geranios, percibió sobre el barullo que venía calle arriba, el poderoso martilleo de unos cascos de caballo; se asomó y reconoció al jinete: un cuarentón paticorto, tirando a obeso, con entradas. Era Napoleón Bonaparte. Hegel entró al despacho, cogió la pluma (que debió de ser de avestruz) y dejó escrita esta campanuda patochada: "Hoy he visto pasar bajo mi ventana al genio del Universo".
Frente al Presidente, en perfil de tres cuartos sobre los azules velazqueños del Guadarrama, Maxín Huerta estuvo menos solemne: -"¿Que cómo pasarás a la historia? ¿Dame una semana pa pensarlo" (el flamante ministro no sabía que ya estaba cesado). Sánchez no necesita pasar a caballo bajo la ventana de Diego Rubio, consejero áulico de máxima confianza. Ya lo tienen metido de hoz y coz, si no en la historia, en el Guinness del ridículo: ¿Hodio con H? ¿Y dónde se la ponemos a menthecato? ¿Intercalada?
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