Vivimos tiempos de máxima tensión internacional y de creciente deterioro interno.
Fuera, el mundo se adentra en conflictos entre potencias con capacidad militar suficiente para arrastrar al planeta entero a su destrucción. Dentro, nos repiten que todo va bien (como motos, nos dicen) mientras la realidad cotidiana desmiente el relato.
Europa, que presume de valores, muestra demasiadas veces una alarmante ambigüedad moral. Se condenan unas agresiones mientras se relativizan otras; se invoca el feminismo mientras se toleran regímenes donde las mujeres no tienen derechos; se habla de paz mientras se justifica a actores que oprimen a sus propios pueblos. No se puede defender la dignidad humana solo cuando conviene al guion ideológico.
No hay soberanía que proteger allí donde un tirano roba la dignidad de su gente. Y, sin embargo, demasiadas veces la comunidad internacional mira hacia otro lado mientras dictaduras, narcos, corruptos y terroristas dominan y empobrecen a países ricos en recursos. Venezuela e Irán son ejemplos evidentes: territorios con riqueza inmensa y los ciudadanos sumidos en la pobreza. La pregunta es simple: ¿quién se queda con ese dinero?
También resulta llamativo el silencio selectivo de ciertos actores políticos y sociales. Se indignan -con razón- por las víctimas colaterales de algunos conflictos, pero callan ante otras tragedias y brutalidades. La brutal represión de las protestas en Irán con miles de muertos apenas mereció la misma intensidad de condena. Parece que hay muertos de primera y de segunda, según encajen o no en el relato.
A este panorama se suma el ritual anual de los premios del cine, convertidos en púlpitos ideológicos. Desde esos escenarios se reparten lecciones morales y consignas políticas, pero rara vez se escucha una autocrítica o una denuncia de las dictaduras que no encajan en el marco discursivo dominante. Mucha épica, mucha pose... y demasiado silencio ante realidades incómodas.
Mientras tanto, en España, la vida diaria se vuelve cada vez más difícil. El poder adquisitivo cae vertiginosamente, la sanidad pública se colapsa entre listas de espera interminables y ya delictivas, donde muere gente. Y el acceso a la vivienda se ha convertido en una misión imposible para miles de familias. Aun así, se nos insiste en que "vamos como motos".
Si realmente todo funcionara tan bien, la pregunta sería inevitable: ¿dónde está el dinero de los ciudadanos y por qué los servicios esenciales no responden como deberían? Mientras tanto, se destinan enormes recursos a un espectáculo de élite, para rendir homenaje al poder indecente que les subvenciona.
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