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lunes, 23 de marzo de 2026

JUSTICIA QUE NO CONDENA PORQUE NO PUEDE.

 La justicia es una aspiración universal, pero la realidad funciona por intereses, poder y capacidad de imponer límites. Desde el inicio, las diferencias económicas, físicas y culturales generan desigualdad. No es una excepción: es el punto de partida.

Por eso, hablar de justicia sin hablar de fuerza es incompleto.

La historia demuestra que los abusos no desaparecen solos. Los tiranos no ceden por voluntad propia ni por apelaciones morales: se les frena cuando alguien tiene la capacidad y la determinación de hacerlo. Aquí hablamos, sí, de Trump. Y el problema es claro: si se quiere justicia, hay que estar dispuesto a actuar, aunque implique costes y daños colaterales para evitar males mayores.

Actuar nunca es limpio. Genera errores y consecuencias que el opresor utiliza para desacreditar al que intenta frenarlo: se presenta como víctima, exagera fallos y divide incluso a su propio pueblo, muchas veces influenciado desde pequeño.

La dificultad está en actuar con firmeza sin perder legitimidad. Pero no actuar, o hacerlo tarde, suele salir más caro: los problemas crecen, se consolidan y crean redes de complicidad.

Existen organismos como la ONU o la OTAN para evitarlo, pero su acción depende de intereses y consensos, lo que lleva a respuestas tardías o insuficientes.

Europa, centrada en bienestar y estabilidad, puede tener dificultades para reaccionar con rapidez y contundencia. La prudencia, ante quienes no comparten reglas, puede convertirse en debilidad. Los líderes europeos dan desconfianza, poca credibilidad, mucho aparentar y un afán de poder que nunca debieron tener. El ejemplo más claro es Sánchez, saca la pancarta de "no a la guerra" mientras regala miles de millones de los españoles para subvencionar armas a Ucrania. La contradicción en toda su pureza. Además, sin preguntar a nadie. Él decide ser el poder y la justicia en toda su amplitud. Lo mismo cuando indultó y amnistío a fugados, delincuentes y corruptos. Este hombre perdió el norte.

Hay además un punto poco tratado: igualdad y responsabilidad.

Si hombres y mujeres pueden liderar y decidir igual, esa igualdad debe incluir también asumir riesgos y consecuencias, no solo derechos o representación. Liderar implica tomar decisiones difíciles y asumir errores, sin excepciones.

La igualdad debe sostenerse también en los escenarios duros. Si no, es parcial.

Por eso, cuando hablamos de soldadas, ministras de defensa, princesas o presidentas, esa igualdad implica estar en primera línea. Resulta llamativo que la Princesa de Asturias reciba rango de oficial con pocos meses de formación y una carrera a general asegurada por su condición: precisamente por eso debería exigirse responsabilidad real. No se trata de imagen, sino de estar dispuesta a actuar sin que los hijos varones de otras asuman siempre el coste y el riesgo. Es dar ejemplo.

Recordarle a Irene Montero y Belarra que esa destrucción necesitará de albañilas a montones para equilibrar ese sector a la paridad que tanto exigen. ¿O solo es para simular cargos esa igualdad real? Vienen mal dadas para ese feminismo al que le sobraban los hombres.

El problema de fondo es estructural: la mayoría busca estabilidad, pero una minoría con capacidad de daño puede romper ese equilibrio. Si actúa con decisión mientras la mayoría duda, el resultado es previsible.

La cuestión no es si el mundo debe ser justo, sino qué estamos dispuestos a hacer para que lo sea. No actuar o hacerlo tarde agrava el problema.

La historia la marcan las decisiones, no solo las intenciones. Y ante quienes imponen su voluntad por la fuerza, la pasividad no es neutral: permite que avance.

La justicia sin capacidad de acción no es justicia real: es una aspiración o una excusa para no decidir.

Europa debe implicarse, no necesariamente en guerra, pero sí en hacer cumplir límites junto a sus aliados. No actuar a tiempo hace que luego el coste sea mayor.

Nadie quiere guerras, pero ante agresiones no bastan gestos simbólicos. Iniciativas como las flotillas solidarias no resuelven problemas profundos. Hay que actuar de raíz antes de que crezcan.

Porque cuando la justicia llega tarde, deja de ser justicia completa: es solo un intento de reparar lo que ya se dejó empeorar.

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