No anda España muy boyante en cuanto a los parámetros que marca la economía. Tres años sin presupuestos; sangría constante de las autonomías independentistas, a quienes poco importa de dónde saldrá el dinero que reclaman machaconamente, y los reales decretos leyes –doscientos desde que gobierna Pedro Sánchez–, que se saltan una y otra vez los debates en el Congreso de los Diputados.
Apagón eléctrico; ferrocarriles en su punto más bajo, con un trágico accidente en Adamuz que se cobró la vida de 46 personas; exministros y altos cargos ministeriales procesados o en vías de pasar por los Juzgados, esposa y hermano del presidente del Gobierno cuestionados y también procesados. Son muchos y muy variados los problemas que tiene nuestro país en este momento, pero hoy quiero centrarme en el absentismo laboral.
Si un país aspira a ser próspero y a que sus ciudadanos tengan acceso a una vida acorde con su esfuerzo, tiene que mirar hacia el producto del trabajo y a su incidencia en el PIB. Hoy la competencia exterior es tremenda, y, si el producto final no entra en precio, el cliente se va hacia otros mercados.
Según las últimas cifras publicadas, el coste laboral de las bajas por absentismo en España es de más de 130.000 millones de euros anuales. De media un 8% de trabajadores, de los que un 5,5% lo son por incapacidad temporal; o sea, 1,5 millones de trabajadores no acuden diariamente a sus puestos de trabajo, buena parte de ellos sin justificar las ausencias y otros con bajas de viernes o lunes. En muchos casos, bajas bien justificadas que se prolongan innecesariamente en el tiempo porque Sanidad no es capaz de acortar los plazos de las pruebas médicas que requiere la enfermedad. Otras, de muy dudosa calificación para el médico de cabecera si el trabajador no va con la verdad por delante; también algunas conllevan intimidación a los médicos para que se alarguen en el tiempo, una lacra cada vez más extendida. En fin, una casuística que, para los que trabajamos en otra época, no alcanzamos a entender ni comprender. ¿Dónde está la ética de la persona? ¿Puede verse el trabajador afectado por la corrupción que campea en la política y es esa su forma de vengarse?
Ante estas situaciones tan incómodas como improductivas, la Seguridad Social y las Empresas, interesados como todos los agentes sociales en evitar estas prácticas, igual deberían plantearse primar a los trabajadores que, en su historia laboral, no acumulen bajas laborales por enfermedad, reiteradas o prolongadas, pensando en una prima acorde y en escala con su asistencia al trabajo. Para ello y partiendo de esos 130.000 millones de euros anuales a fondo perdido que cuesta el absentismo actual, si esta idea prospera, en una primera fase, podrían destinarse unos 15.000 millones a esta prima de asistencia al trabajo. Cifra que no hay que dar por perdida porque se vería beneficiada por el incremento de la productividad de los trabajadores afectados que, ante este inesperado incentivo, serían muchos.
Es un campo en el que se puede trabajar mucho y bien, por tanto, involucremos a todas las partes (Patronal, Sindicatos, Trabajadores, Mutuas y Seguridad Social) en la idea de que no hay otro camino para mejorar el futuro que una responsabilidad mutua y compartida que haga bueno el lema de que “el trabajo dignifica al ser humano” y por ello, a través de su desarrollo, la ciudadanía disfrutaría de una merecida prosperidad nacida del mérito y del esfuerzo, tanto individual como colectivo.
Sin una educación laboral que premie los esfuerzos de los individuos estaremos abocados a soportar unos costes que, por inútiles, nos irán apartando de la senda de la competitividad que marcará el futuro de toda nación que se precie.
Paremos esta sangría antes de que sea demasiado tarde. Las estadísticas no mienten y el problema sigue al alza (un 53% más desde el año 2019).
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