Pacientes mueren mientras los médicos protestan.
Listas de espera de más de un año para una resonancia, una colonoscopia o una consulta de traumatología. Llamas al médico de cabecera... y nadie contesta. Pacientes enferman. Pacientes mueren. Y quienes deberían atenderlos salen a manifestarse, a repartir pancartas.
Nunca hubo tantos medios: informatización, robots, inteligencia artificial... y nunca la atención fue tan miserable. La administración tiene culpa, sí. Pero los médicos también. Tener liberados sindicalistas y convocar huelgas mientras la gente espera meses por lo más básico es negligencia pura y dura.
Esto no es protesta. Esto es abandono del deber. La sanidad pública se está convirtiendo en un riesgo vital para quienes confiamos en ella. Ya basta de excusas: quien no cumple su trabajo, está matando.
Nadie duda de que muchas de sus reivindicaciones son legítimas. Pero lo primero son los pacientes. Este armatoste público, sin atención a tiempo, sobra. Hay que cerrarlo y empezar de nuevo. Porque lo que tenemos ahora es inreciclable.
Aquí debe haber consecuencias. Despidos. Responsabilidad. Cambio.
Perdonen los grandes profesionales -médicos, enfermeras y personal- que sí cumplen. Pero deben comprender que, así, esto no puede continuar. Se nos muere la sanidad. Se nos muere la gente por llegar tarde a un diagnóstico. Y se nos muere el alma de tener que decirlo todo así de claro.
La gente está harta. Harta de dejadez. Harta de negligencia. Harta de esperar mientras nos morimos.
Ya basta.
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