La innegable tendencia a la que nosotros, la clase trabajadora, hemos estado sometidos desde tiempo inmemorial ha sido «trabajar para vivir», nunca «trabajar para morir», como se ha vuelto habitual. Dos trabajadores mueren cada día. No todas las vidas le importan lo mismo al Estado. Nosotros, los trabajadores, solo pedimos condiciones dignas para desarrollar nuestra vida y unas medidas laborales que nos permitan trabajar sin que la vida se nos vaya en ello. No es que no queramos trabajar, es que exigimos que el trabajo no nos cueste la vida.
Llevo unos meses pensando si escribir esto, no estaba segura de estar a la altura de la importancia de la situación. Puede que ese momento nunca llegue y no podemos esperar tanto. Cada semana las noticias nos traen una nueva tragedia, un nuevo nombre. Esta sangría debe parar y debe hacerlo ya.
A nivel provincial, los últimos datos que tenemos sobre siniestralidad laboral son los que aparecen en el informe de septiembre del IAPRL (Instituto Asturiano de Prevención de Riesgos Laborales). Septiembre se cobró la vida de 12 trabajadores, todos ellos varones y la mitad pertenecientes al sector industrial (destaca la fabricación de productos metálicos).
Me gustaría decir que Asturias es una excepción dentro de la situación nacional, pero los datos oficiales del primer semestre del Ministerio de Trabajo me lo impiden. Entre enero y junio de 2024, se produjeron 299 accidentes laborales mortales, de los que 275 fueron sufridos por hombres. Por gremios, los más mortíferos fueron el de la construcción, transporte y almacenamiento e industria.
Por otro lado, están los accidentes "in itinere" (los producidos en el trayecto entre tu casa y el puesto de trabajo), de los cuales 61 se llevaron la vida de un trabajador. Más de trescientas personas perdieron la vida en su trabajo, ¿a qué tenemos que esperar para tomar medidas?
Aquí estoy ofreciendo los datos, pero, por favor, no se quede solo con ellos. Dese cuenta de que no son números abstractos, cada uno de ellos es una persona que ha fallecido y una familia que se ha roto.
Entre las causas que ocasionan estos accidentes se encuentran: una supervisión insuficiente por parte del superior a cargo, equipos inadecuados o mal uso de los mismos, la edad de jubilación (en particular, en el sector de la construcción) y los largos procesos por parte de la Administración, ansiedad por estrés laboral (influenciado por una inasumible carga de trabajo -sufrida especialmente por los trabajadores por cuenta propia- y un exceso de jornada). Además, una de las peores causas es la subcontratación, ya que implica trabajar a bajos costes (no mismo dinero para medidas preventivas) y de una forma más rápida y menos segura. En el caso de los accidentes "in itinere", una de las causas es una gran distancia entre el domicilio y el puesto de trabajo. Antes, con un puesto de trabajo cercano al domicilio eran menos comunes.
Por desgracia, el riesgo cero no lo podemos conseguir. Sin embargo, ello no puede ser una excusa para no hacer nada. Hay que intervenir y hacer lo que esté en nuestra mano para reducir el porcentaje de riesgo todo lo posible reforzando los planes de seguridad. Alguna de las medidas más efectivas para evitar la siniestralidad laboral son: reducir las horas de jornada laboral, aumentar el control del sistema de subcontratación, aumentar la plantilla de Inspección de Trabajo y concienciar a los trabajadores de que el riesgo siempre existe y por ello hay que estar siempre protegidos. También es imprescindible denunciar todas las situaciones de riesgo.
Ya basta de romper familias en horario laboral a este ritmo tan vertiginoso. Démonos cuenta de que la situación es crítica y, si los organismos competentes no hacen nada por reducir la tasa de mortalidad, tendremos que darles el empujón. No tiene sentido esperar a que terceros nos salven la vida, nunca mejor dicho. Tenemos que luchar por que el trabajo no se lleve a ningún obrero más.
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