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domingo, 28 de abril de 2019

EL RETRATO OCULTO DE CARMENA SALE A SUBASTA A PARTIR DE 15.000 EUROS.

Quintero pidió a Carmena que posara para él después de que ella ayudara a su mujer, abogada, a llevar un caso. La juez aceptó y fue a su casa una docena de veces para el retrato.

Un retrato «oculto» de Carmena sale a subasta a partir de 15.000 euros

Una inspiración llevó al artista que pintó a Severo Ochoa y a Adolfo Suárez a inmortalizar a la alcaldesa en 1993, siendo decana de los jueces de Madrid.

Corría el año 1993. Faltaba poco para que Felipe González volviera a ser reelegido presidente del Gobierno en la que sería su última legislatura y, durante un tiempo, cuando los días eran más largos por su cercanía a la época estival, Daniel Quintero (Málaga, 1949) recibía en su domicilio de la capital a una extraña que, 22 años más tarde, se convertiría en la alcaldesa de la ciudad. No conocía a esa mujer de 49 años de cabellera rubia enrulada, pero sabía bien dónde trabajaba. Ejercía desde hacía unos meses el cargo de decana de los jueces de Madrid en Plaza Castilla y tuvo un «flechazo» con su expresión interior.
La manos privilegiadas de Quintero, alumno de Antonio López en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando a finales de los 60, ya habían inmortalizado hasta esa fecha por encargo, con sus trazos más realistas, al Nobel Severo Ochoa; al primer presidente de la democracia, Adolfo Suárez; al Rey Juan Carlos I o a Calvo Sotelo. El retrato de Carmena lo hacía por placer, como cuando un amigo periodista le presentó en 1988 a un jovencísimo Pedro Almodóvar, a quien pidió que posara para él. El director manchego continuaba recogiendo en esa época los éxitos de la película «Matador».
La figura de Carmena movía al pintor, le inspiraba y se produjo un hecho que le empujó a ofrecerle que se convirtiera en modelo para retratarla: la magistrada abrió las puertas de su despacho en los Juzgados de Plaza de Castilla a su mujer, Jane, cuando ésta, abogada inglesa, un día le pidió ayuda desesperada para que le asesorara en el caso de un cliente que había sido víctima de una gran injusticia. La decana le hizo sus recomendaciones durante varias jornadas, una actitud que sorprendió a Jane. El gesto de la juez, calificado de «inusual» por el matrimonio, fue determinante para que Quintero pintara a aquella mujer de rasgos duros.

Un juicio ficticio


Carmena visitó la casa del pintor hasta una docena de veces. Todos esos días emprendía su rumbo desde Plaza de Castilla hacia una colonia del norte de la capital, cargada con su bolso y decenas de documentos judiciales. Tras un paseo a pie desde la estación de Metro, entraba en el domicilio, donde siempre le abría el artista. Juntos atravesaban el camino de piedras del jardín hasta una caseta anexa a la vivienda principal, y allí Quintero le abría la puerta metálica que le conducía al epicentro de su creación. La decana descendía unas escaleras para sentarse, rodeada por marcos, telas, papeles y óleo, a disposición de la atenta mirada del hombre desconocido. Frente a frente, a mayor altura que él, como si estuvieran en un tribunal; vestida con su toga, como el creador le había pedido, para someterse al escrutinio del pincel.
El pintor montó un decorado para que la obra recreara la presidencia de Carmena en la sala de un juicio. Consiguió el sillón de un juzgado; montó un escritorio con unas tallas de madera que todavía conserva en su taller y colocó a la juez en aquel escenario. Ella eligió postura, el característico gesto que toma cuando escucha, patentada estampa en los plenos municipales germen de su carrera en la judicatura: la cara reposando sobre su mano derecha; con la mirada fija y el lápiz en vertical apoyado sobre la mesa como si estuviera decidiendo una sentencia.

Sin conocer al personaje

El retrato se ultimó pronto, en aquel mismo año. En 1994 se expuso en la Galería de arte Marlborough de Madrid, para la que Quintero ha trabajado 36 años. Un coleccionista alemán, Klaus Peter Fisher, se hizo con el cuadro por casi seis millones de pesetas. Aquel óleo sobre tela de 110 por 76 centímetros se titulaba «Manuela Carmena (juez)».
«No conocía al personaje, me lo tuvieron que explicar después, pero quería que formara parte de mi colección de realismo español», expresa este hombre septuagenario al otro lado del teléfono desde su casa de Alicante. El señor Fisher se desprende ahora de este cuadro exclusivo, que ha estado 25 años bajo su techo. También va a subastar otras obras relacionadas con este estilo, pertenecientes a autores como Xavier Valls, Carmen Laffon, Sebastián Nicolau, Guillermo Muñoz Vera, Luis Marsans u otras creaciones de otros movimientos de Jaume Plensa, Alfaro, Miguel Navarro o Víctor Mira, entre otros.
Klaus todavía no sabe a través de qué casa venderá su tesoro, pero si lo hace en el mercado español tiene claro el precio de salida del retrato de la alcaldesa: «15.000 euros». Otra cosa bien diferente, y que siempre matiné en secreto el dueño, es el valor del lienzo. Si no se alcanza esa cifra, previsiblemente superior a los 36.000 euros que pagó en 1994, Klaus no dará la obra.
La relación entre el pintor malagueño y Manuela Carmena empezó y terminó en el estudio de Quintero. «Fue una modelo perfecta. Hablábamos sobre su profesión. Recuerdo que un día le pregunté si era fácil detectar como juez si el acusado mentía o decía la verdad. Ella me contestó que a veces sí se intuía. En otros momentos, cuando descansaba de la pose, miraba algunos papeles que traía con atencion y escribía sobre ellos, pero no sabía si eran documentos de juicios o de su trabajo de despacho».

Las muñecas de la regidora

Quintero siempre realiza un boceto previo a lápiz del retrato que va a pintar. Es como la fotografía que sirve de guía para el producto final. Aquel esbozo se lo regaló a la regidora y ella lo luce a día de hoy en su domicilio del barrio madrileño de Portugalete, junto a las escaleras que conducen a la primera planta. Quedó patente en la portada de uno de sus libros, donde aparece ella con una bicicleta y el cuadro preliminar del pintor malagueño detrás.
Al finalizar la obra de 1993, Quintero le preguntó a la juez si tenía muñecas que le pudiera prestar para pintar a una niña de 8 años. Ella lo trasladó hasta una casa donde guardaba numerosos juguetes de cartón piedra de cuando era una cría. Se los dejó hasta que el cuadro de la pequeña se vendió en ARCO y éste se los devolvió. Nunca más supieron el uno del otro. Hasta hace pocos días, que Carmena recibió en el Palacio de Cibeles una carta del maestro advirtiéndole de que su retrato volvía al mercado del arte.
PERSONALMENTE PARA MI TIENE POCO VALOR POR EL PERSONAJE.

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