De tres a tres mil.
Los escandalosos dineros del fútbol y futbolistas que entran entre vítores en el Juzgado.
Lees en prensa una carta cuyo autor escribe que tres futbolistas tienen unos ingresos brutos equivalentes a tres mil trabajadores que ganaran 20.000 euros brutos. La consigna de la Revolución Francesa puede haber alcanzado éxito opinable en lo concerniente a fraternidad y libertad, pero la igualdad la tenemos abandonada. Resulta extraño que, entre las indignaciones que desata el desmadre de la crisis, el ocio del deporte se mantenga al margen. Justificar un salario desorbitado añadiendo que quien lo percibe genera esas cifras es un acto de sumisión a las leyes del mercado a las que una persona que vamos a llamar de izquierdas, para entendernos, (¿habría entendimiento?) debería rechazar de plano. Las leyes del mercado son impugnables. Y al igual que te consuela ver a ese lector aislado con su carta lacónica manejando cifras que no admiten discusión, te imaginas que habrá quien un día estudie por qué no le acompañó más gente en su protesta.
Todo el entramado de comentaristas televisivos que te tratan como si te conocieran de toda la vida y comentan doce veces un gol tiene algo detrás: dinero. Marx no perdería mucho tiempo hoy día criticando religiones ni visitando iglesias medio vacías: sabría ver dónde está el opio del pueblo y quién lo vende, aunque sea disfrazado de socialdemócrata. Quienes narcotizan a la peña con hazañas de gente que, con sintaxis patética, explica ante un micrófono por qué ha fallado un penalty, perpetúan la lucha de clases, aunque emborronando la identidad de sus actores. Se trata de mantener privilegios frente a quienes no disfrutan de ellos haciendo pensar que una pasión común les hermana: mentira. Les hermana menos de lo que la pasta les separa. Es escandaloso que no se oigan voces altas y claras en la izquierda diciendo si les parece que un equipo deportivo es más símbolo de una ciudad que los hombres y mujeres que se levantan a las seis de la mañana para mantener una familia y, de paso, sacar a la ciudad en cuestión adelante con su trabajo. Es estupefaciente que un grupo de deportistas sea recibido en un aeropuerto por entusiastas cuya situación social es muy distinta a la de los aclamados. Y roza lo increíble que un jugador sea aplaudido al entrar en un juzgado por un asunto de pasta. ¿Quién recibe ánimos en España a la puerta de un juzgado?
Las cifras de Finlandia no son las de aquí. Francamente, no hacen falta comisiones de estudio que reúnan a expertos de ambos países para intercambiar recetas. Un país es un rompecabezas en el que las piezas encajan. Si yo fuera finlandés, mi incredulidad ante lo que pasa en ciertos sitios sería del tamaño, un suponer, del de las uñas de la presidenta de Argentina, que posando es una auténtica crack. En fin Capítulo aparte.
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